Nos encontrábamos todos los viernes en la ciudad. Él me esperaba siempre en la misma plaza, en el mismo banco, bajo los lapachos. Su sonrisa al verme llegar me hacía olvidar, automáticamente, el cúmulo de mentiras que había dejado tras de mí en el pueblo. A nuestra manera, éramos felices.

Aquel viernes, demoras en los colectivos me habían hecho llegar un poco más tarde de lo habitual. Me extrañó no encontrarme con su sonrisa. El banco estaba vacío. El tiempo comenzó a transcurrir lento, pesado y doloroso. En la garganta, un nudo de desazón amenazaba con asfixiarme.

Esperé, esperé y esperé.

Todos los viernes sigo tomando el mismo colectivo, que me deja en la misma plaza, me ubico en el mismo banco. A comienzos de septiembre, regreso al pueblo con una flor de lapacho prendida en el pelo.

  • Artesanas de historias | Por Vanesa Tejera Costa (Escritora local)
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