Firmat, jueves, 24 de septiembre de 2020
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Educación | 04/08/2020
Por Micaela Pellegrini
Educación, género, femicidios y ESI: ¿Cómo estamos educando?
En los últimos días, nos tocó volver a escuchar acerca de un nuevo femicidio1. El fin de semana del 25 de julio, mientras algunos/as disfrutábamos del encuentro familiar-afectivo permitido en el marco de la pandemia, nos llegaba la peor noticia: el asesinato hacia una mujer (por el solo hecho de serlo) a pocos kilómetros de nuestra localidad. La cercanía del hecho nos habilitó a pensarnos como sociedad y fundamentalmente a reflexionar de qué manera estamos educando a nuestros hijos de cara a las relaciones de género.

Esto, porque las escuelas fueron construidas en la base de un pensamiento moderno occidental que solo entiende de realidades masculinas y femeninas. De esta manera, la educación fue sistematizada desde fines del siglo XIX como la acción transmitida de las generaciones adultas hacia los/as recién llegados/as a los fines de incorporarlos/as a la humanidad, pero esto, sin desatender las diferencias y jerarquías de los sexos y los cuerpos. En efecto, el conjunto de saberes, principios, valores, prácticas y concepciones transmitido desde la escuela, fue expresado desde el universal genérico masculino, heteronormativo, binario y por momentos misógino. Esto es, la cultura “a enseñar” fue seleccionada respondiendo a un recorte de saberes para varones y otros para mujeres, siendo el razonamiento diferenciador el sexo con su consecuente estereotipo.

En este marco, diversos pensadores modernos, consideraron que los varones y las mujeres pertenecemos a la misma especie, aunque los primeros se rigen por la razón y las segundas por su sexo (emociones, sentidos, intuición). Ella queda reducida a lo concreto, él abstrae, piensa, reflexiona. Corolario, se determinó que las muchachas debían formarse aprendiendo los saberes de su sexo vinculados fundamentalmente con la maternidad, el matrimonio, con los deberes domésticos, entre otros; mientras que los muchachos hacen uso de la ciencia, la política, la economía y demás espacios pertenecientes al mundo de lo público.

Estas diferenciaciones, que no son más que construcciones culturales, fueron apropiadas por los sistemas educativos oficializando la diferencia en la currícula escolar, pero también en los vínculos y prácticas cotidianas materializadas dentro del aula y de otros espacios escolares.

Si bien en la actualidad se ha avanzado en términos de igualdad, día a día, en las escuelas se sigue expresando, produciendo, reproduciendo y transformando pautas establecidas acerca de “ser mujer” y “ser varón”. Y no solo eso, sino que en el devenir de esas pautas se configuran relaciones de poder entre los sexos signadas por la desigualdad y la discriminación: estas son las relaciones de género.

El conjunto de expectativas y valoraciones que establecen de manera binaria hacia “lo femenino” y “lo masculino”, decanta en la práctica discriminatoria del sexismo de dos maneras. Por un lado, creando relaciones jerárquicas entre mujeres y varones, atribuyéndole a las primeras roles de menor valor social: la debilidad, la sensibilidad, el rol del cuidado a otros/as, etc.; y a los segundos los elementos culturales con mayor reconocimiento: inteligencia, fuerza, valor, rapidez, vigor, entre otros. A su vez, por otro lado, en el sexismo no hay lugar para la diferencia, ni para aquellas expresiones identitarias que escapan de la “norma”. Tal es el caso, de los/as integrantes de la comunidad LGBTIQ+ quienes siquiera son reconocidos/as como tal.

Para poder subsanar el enfoque sexista de la educación, desde el año 2006 todas las escuelas de todos los niveles de Argentina cuentan con la Ley de Educación Sexual Integral (N°26.150)2. La sanción de la misma generó un doble impacto en el campo educativo: el primero fue vislumbrar cómo hasta el momento se había transmitido una educación sexual heteronormativa y binaria; y el segundo consistió en prescribir una educación sexual dentro de los derechos humanos y con la particularidad de ser “integral”. Esto es, no solo contemplando los aspectos biológicos (que actualmente se encuentra en revisión), sino todas las aristas constitutivas de las identidades: social, cultural, política, económica…

La ESI, es esa norma legal que oscila entre la resistencia de algunas esferas de la sociedad y la militancia de otras. Sin embargo, vino para quedarse y en sus 14 años de vida ha logrado poner en discusión los universalismos, los esencialismos y el binarismo. También se ha constituido como el espacio de acompañamiento en el arribo de la vida sexual y de la proyección de la identidad de género que cada sujeto prefiera.

Justamente desde la ESI, se plantea el tratamiento y la deconstrucción de los estereotipos de género y es en ese sentido que se constituye como el espacio más propicio para educar a ciudadanos/as no violentos/as, no discriminadores/as y finalmente no femicidas. Al contrario, tiene por objeto formar sujetos libres, sensibles, empáticos/as y diversos/as. El camino es por ahí.


1El femicidio define un acto de violencia extrema contra las mujeres por el hecho de ser mujeres. Forma parte del concepto más amplio de violencia de género. El asesinato de Wanda Taddei en 2010 a manos de su pareja Eduardo Arturo Vázquez, puso en primer plano la violencia de género en Argentina y los femicidios. 2Si querés saber más sobre la Ley, ingresá a: https://www.argentina.gob.ar/educacion/esi 
 
Periodista/Fuente: Micaela Pellegrini Malpiedi | Profesora, Licenciada y Doctora en Ciencias de la Educación -
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