En Rosario, en La Isla de los Inventos, existe un espacio dedicado a los miedos, creado por la inmensa Chiqui González. Es un archivo donde podemos jugar a depositar nuestros miedos en proceso, los pasajeros, los secretos, los confusos, los raros, los viejos, los fugaces, los lógicos, los frecuentes. Es una invitación a tramitarlos, identificarlos, escribirlos, estimar el tiempo que hace que convivimos con ellos y entregarlos para que sea parte de ese gran archivo de miedos. Lucas Raspall, médico psiquiatra, comenta en sus redes sobre este dispositivo lúdico: “Sería genial que existiera un depósito donde las niñas y niños –y, por qué no, nosotros- pudieran dejar sus miedos: a la oscuridad, a que muera alguien que queremos (como consta en los trámites presentados). Pero no funciona así: los miedos se trabajan, primero, reconociéndolos, validándolos y entendiendo su sentido. Luego, aprendiendo a ponerles límites, impidiendo que ellos dirijan la forma de percibir, actuar y ser en el mundo. Mientras tanto, como parte de la tarea, bien vale esta hermosa propuesta de La Isla de los Inventos.”

El poder conmovedor del arte posibilita expresar, entre tantos sentires, el miedo. Les comparto una vivencia junto a mi hija de cinco años. Hace unos meses, mientras mirábamos la película Coco, me dijo: -No quiero ser viejita. Al preguntarle por qué, me respondió: -Porque no me quiero morir. Luego de espectar innumerables veces esa película, mi compañía le permitió poner en palabras uno de sus miedos. Uno que nos atraviesa a todos a lo largo de la vida: el miedo a nuestra propia muerte. Es necesario construir espacios de diálogo junto a nuestros hijos y que sepan que uno va a estar ahí para escucharlos cuando lo necesiten. Aunque el momento no sea el oportuno, demostrar disponibilidad en la escucha. Podemos intuir mucho de lo que sucede con las infancias al observarlas, al escuchar su juego, al verlos relacionarse con otros. No siempre vamos a poder nosotros como padres brindar las herramientas que permitan poner en palabras su sentir, pero podemos pedir ayuda cuando observamos que algo nos y los inquieta.

Imagen ilustrativa

Contener, permitirles hablar, escuchar es validar ese sentir. Acompañarlos de manera sensible, propiciarles espacios de diálogo, mostrarnos disponibles a atenderlos considero que es parte de nuestro hacer. Ser un espacio de confianza, ser refugio.

Por María Luz Iocco
(Profesora de Expresión Corporal)

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