Uno de los capítulos menos recordados de Teoría y Práctica de la Historia de Juan B. Justo, es el referido a su meditada denuncia de los estropicios del sistema capitalista. Un modelo depredador, injusto e insensato, analizado con el escalpelo de un intelectual formado en las enseñanzas de Carlos Marx.

El sistema capitalista, en su incesante búsqueda de ganancias, no es un modelo de armonía, sino un escenario dominado por el desorden y una profunda tiranía. En esta especie de religión del dinero, el ser humano pasa a un segundo plano. La preocupación por las necesidades de la familia es reemplazada por la fiebre de enriquecerse a toda costa, donde lo único esencial es calcular el rendimiento neto y el porcentaje de la ganancia. Recordemos a casi 100 años de su realización, esa brillante descripción del mercado que fue L’Argent de Marcel L’Herbier.

Plantea en el capítulo El desorden y la tiranía del capital, de su obra más importante: “Grandes son, pues, las aberraciones de la sociedad moderna. La esterilidad acompaña en ella a la riqueza.                      A la par del rápido progreso va un tremendo desorden en el trabajo. La economía establece mil vínculos entre los hombres; pero esta trabazón resulta de la guerra de todos contra todos. Viven en paz las diferentes unidades políticas, más su solidaridad es tan débil que en el Rio de la Plata se anuncia como una buena nueva la pérdida de cosechas en Norte América. Basta a veces para arrojar un pueblo contra otro los menguados intereses del capital. La propiedad individual, otro simple complemento necesario a la personalidad, se ha hipertrofiado hasta constituir un privilegio monstruoso”.                                                                           

Aunque dentro de una fábrica el trabajo puede estar muy organizado, el mundo económico exterior es un abismo de anarquía. Los capitalistas dirigen el esfuerzo humano a ciegas, guiados únicamente por el azar de sus corazonadas especulativas. Esta competencia destructiva genera un derroche absurdo de riqueza y energía, en las calles se cruzan veinte camiones distintos para repartir el mismo pan, y se trazan caminos para el intercambio de mercancías que podrían abastecerse con un sistema racional ferroviario.

Para robarse clientes unos a otros, las empresas recurren a la plaga de la publicidad, que ensucian nuestras mentes con mentiras y sugerencias engañosas, gastando fortunas con el objetivo de crear necesidades superfluas e irracionales. En este mundo mercantil, no se produce para satisfacer necesidades humanas, sino para vender. Incluso, se acaparan productos vitales para crear una escasez artificial, y así ganar dinero subiendo los precios. La Industria Cultural, tan bien estudiada por la Escuela de Frankfurt, crea un hombre unidimensional, enajenado de su verdadero ser. En el mismo sentido, José Giavedoni, en su trabajo Fetichismo y Neoliberalismo, analiza la relación entre subjetividad y capitalismo, con destacable perspicacia.  

Todo este desorden culmina en la Bolsa de Valores y en los bancos, verdaderos cerebros de la especulación y la codicia. Jugando con el dinero ajeno y estirando el crédito hasta destruirlo, provocan crisis periódicas, pánicos y quiebras. Cuando la crisis estalla, el mundo se llena de ruinas y el pueblo sufre de hambre y miseria. Paradójicamente, en medio de almacenes repletos de mercancías que nadie puede comprar. La gran Crisis de 2008 costó 800.000 millones dólares, que fueron al bolsillo de los banqueros.

Juan B. Justo explica que el peso de este caos recae sobre el pueblo trabajador. El progreso técnico y las máquinas, que deberían hacer la vida más fácil, se usan únicamente como herramientas para multiplicar el lucro del patrón. Bajo esta tiranía, las jornadas se alargan hasta el agotamiento, se trabaja de noche y, si resulta más barato, se reemplaza a los hombres con la labor de mujeres y niños. La reforma laboral recientemente sancionada va en este sentido. El sistema es tan cruel que necesita mantener constantemente un ejército de trabajadores desocupados y hambrientos. Una reserva de brazos dispuestos a aceptar cualquier salario para que el capital pueda disponer de ellos cuando lo necesite.

Para escapar de la ruina que trae su propia competencia desordenada, los grandes capitalistas se unen formando gigantescos monopolios o trust. Sin embargo, esto solo hace que la tiranía del capital sea aún más aplastante. Unos pocos magnates se convierten en dueños absolutos de inmensos sectores de la producción y el transporte, actuando como pulpos voraces. Estos monopolios imponen precios extorsivos a toda la sociedad, y no dudan en destruir su propia producción, como sucede con varios productos agrícolas, si eso les asegura mayores ganancias.

Los monopolios, o grandes  trust capitalistas, surgen inicialmente como un intento de remediar la competencia destructiva y desordenada del mercado, pero en la práctica agravan profundamente la inestabilidad económica y social. Aunque logran organizar el trabajo y reducir los costos de producción dentro de sus gigantescas estructuras, actúan con una voracidad que perjudica a toda la comunidad. El clásico libro de Paul Baran y Paul Sweezy, El Capital Monopolista, explica en profundidad los mecanismos de expolio de esta forma de agrupación económica.

 Su poder es tan inmenso que someten a las naciones, dictan la ruina o el progreso de ciudades enteras, corrompen a los gobiernos, compran legisladores, y manejan en secreto el destino del mundo. Dice al respecto el fundador del Socialismo Argentino: “El monopolio, última consecuencia del individualismo burgués, supedita la población entera como productora y consumidora, a unos cuantos magnates. Por su misma magnitud la propiedad privada de los medios de producción queda reducida al absurdo”. 

Juan B. Justo, ejerciendo como Diputado, fue Presidente de la Comisión Investigadora de los Trusts, que rindió un informe sobre su labor en septiembre de 1919, donde sostenía que la tendencia a la centralización del capital era imparable, pero podía utilizarse en favor del pueblo, si se actuaba con inteligencia. “Para librarnos de los Trust necesitamos un grado de conciencia política y de capacidad teórico- económica que nos permita administrar con provecho general, los servicios del Estado y de las provincias y comunas”. El Socialismo, explica Lenin, con su agudeza habitual, es el monopolio capitalista, pero puesto al servicio del pueblo trabajador.                                                                                                                                                           

Este individualismo burgués desenfrenado termina convirtiendo a la propiedad privada de los medios de producción en algo absurdo y monstruoso. La riqueza convive con la esterilidad, y la sociedad se vuelve un campo de guerra de todos contra todos, demostrando que un mundo gobernado por el mercado, es incompatible con el progreso equitativo y pacífico de la humanidad. El análisis de Juan B. Justo de la Tiranía del Capital, es una implacable radiografía del capitalismo como modo de producción que debe ser superado.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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