El pensamiento de Juan B. Justo vislumbró para la mujer un destino de dignidad y emancipación. Alzó su voz contra la injusticia del taller y la fábrica, denunciando con dolor que las mujeres y los niños eran a menudo los trabajadores más vilmente explotados de la sociedad. 

En el refugio de su hogar, acompañado por excepcionales compañeras, soñó con socialistas libres y no con proletarias cautivas. Defendió el divorcio como una herramienta indispensable para ennoblecer la vida de familia y levantar el espíritu de las mujeres, evitando que una relación sin amor se convirtiera para ellas en una fatalidad. 

A su vez, observó con tristeza cómo el interés material degradaba los sentimientos más inmarcesibles. Lamentó que la mala distribución de la riqueza corrompiera el deseo, permitiendo que un oligarca disoluto arruinara la vida de las jóvenes, convirtiendo al dinero en el dueño de la vida proletaria.

Estimuló a las mujeres a abandonar las sombras del encierro doméstico y salir al mundo, en lugar de vivir atadas a las viejas tradiciones de sumisión. Las imaginó libres, dueñas de sus derechos civiles y de su propia voz, caminando junto al hombre en la construcción de un mañana más justo.

Defendió con denuedo la emancipación y los derechos de la mujer en los ámbitos laboral, político y civil. Sostenía firmemente que una mujer con aptitudes, energía e inteligencia tenía pleno derecho a recibir la misma remuneración de los varones cuando trabajaba a la par de ellos.

Desde un análisis de naturaleza marxista, explicó que la inserción de las mujeres y los niños en las fábricas era una consecuencia directa de la introducción de la maquinaria en el régimen capitalista. En este contexto, los patrones recurrían a las mujeres y a los niños porque su fuerza de trabajo les resultaba más barata que los hombres adultos.

Denunciaba que esta dinámica de reemplazar mano de obra masculina por femenina e infantil era el núcleo del proceso de la esclavitud proletaria y de la acumulación originaria, que deprimía las condiciones de toda la clase trabajadora y la sometía aún más al dominio capitalista. 

Silvia Federici,  ha escrito páginas luminosas sobre la doble explotación de las proletarias, como trabajadoras directas en las empresas, pero también como reproductoras de la vida y a cargo de las tareas domesticas. La realidad del trabajo esclavo en los semilleros del sur de Santa Fe es una prueba palmaria de esa doble expropiación de la vida de las mujeres proletarizadas.

Abogó Juan B. Justo por la implementación del derecho al sufragio femenino, sosteniendo que el partido obrero debía impulsar esta reforma política aun a riesgo de que, en un primer momento, el voto de las mujeres pudiera favorecer a los partidos opositores.

Observó con agudeza, en la Cooperación económica, una vía fundamental para el desarrollo intelectual y social femenino. Señaló que las mujeres, generalmente relegadas a sus funciones caseras y ajenas a la actividad colectiva, encontraban en el almacén cooperativo la avenida de las nuevas ideas, la perspectiva de la evolución social.

El progreso del movimiento obrero, para el fundador del socialismo argentino, no se limitaba a mejoras económicas, sino que poseía una profunda dimensión moral. Consideraba, como Federico Engels, que el ascenso cultural de la clase trabajadora se evidenciaba claramente en el desarrollo social de la mujer

Esta mirada integral, también la aplicó al analizar la precaria situación en el campo argentino, donde denunció la irregular composición de la población rural, donde advirtió que la escasa presencia de mujeres (apenas un 19,85 % del total agrario), condenaba a los peones a una vida de soledad y aislamiento afectivo, comparándola con una vida militar.

Juan B. Justo reclamaba para las mujeres la absoluta igualdad política dentro de las organizaciones de clase, señalando que, cualquiera que sea su situación ante la ley, los partidos obreros les reconocen en su seno todos los derechos. Para aquilatar su compromiso con las mujeres, en sus prácticas en el Hospital de Clínicas, fue el único estudiante que defendió y comprendió a Cecilia Grierson, la primera mujer en ingresar a la Facultad de Medicina, quien era constantemente blanco de la discriminación de sus compañeros varones. 

Años más tarde, no dudó en tomar una escopeta y pasar la noche a la intemperie para defender físicamente la escuela laica de la maestra Pascuala Cueto, quien había sido destituida por el gobierno tras negarse a impartir enseñanza católica. Recordemos, en los inicios del socialismo argentino a militantes notables como Carolina Muzzilli, Justa Burgos Meyer, Raquel Messina, Teresa Mauli, Raquel Camaña y Gabriela Laperrière de Coni, fundadora posteriormente del Sindicalismo Revolucionario en nuestro país, entre otras figuras de excepción.

El socialismo, según su visión, era la única organización política de su época que genuinamente se ocupaba de las mujeres y de los niños. En los programas que redactó y defendió, como decíamos, incluyó demandas revolucionarias para el momento, como la exigencia de salario igual para la mujer obrera que para el obrero varón, y el amparo de la mujer contra la explotación capitalista. 

El Partido Socialista Argentino, por el claro perfil que le dio Juan B. Justo, asignó desde sus comienzos un lugar de suma importancia a la mujer, impulsando activamente la conquista de sus derechos políticos, civiles y laborales. A través de la influencia del fundador y la acción de legisladores como Alfredo L. Palacios, el socialismo se posicionó como un defensor pionero de la igualdad y la protección femenina en el país.

Los socialistas intentaron forzar la aplicación de este principio integrándolo en un reclamo general por una legislación laboral que protegiera a la mujer y al niño. Lo presentaban inseparablemente unido a otras reivindicaciones urgentes, como la jornada laboral máxima (de 8 horas para adultos), la prohibición del trabajo nocturno injustificado, y la eliminación de aquellas tareas que pusieran en peligro la maternidad de las trabajadoras.

En el terreno específicamente político, la democracia obrera abrazaba la absoluta igualdad. Sin importar lo que dictaran las atrasadas leyes burguesas, los partidos obreros reconocían a las mujeres en su seno todos los derechos en un pie de igualdad con los hombres, y exigían valientemente como parte de su programa el derecho al sufragio femenino, convencidos de que toda la humanidad debía marchar junta hacia la emancipación social.

Durante el histórico Congreso Constituyente del Partido Socialista en 1896, Juan B. Justo influyó fuertemente en la orientación igualitaria y democrática de la organización, instando a los delegados a aprobar estatutos que reconocieran el derecho al voto para la mujer. Esta postura pionera se materializó rápidamente en la plataforma política que el partido presentó para las elecciones nacionales de ese mismo año, la cual exigía formalmente el voto universal, incluyendo de manera explícita el voto femenino

La plataforma económica socialista no ignoró la explotación que sufrían las obreras. Desde 1896, el partido demandó el principio de igualdad de salario por igual tarea para hombres y mujeres, junto con la reglamentación del trabajo femenino y la prohibición de labores consideradas malsanas e improcedentes. A lo largo de los años sucesivos, tanto los programas mínimos provinciales como las plataformas electorales, reiteraron la necesidad urgente de contar con una legislación protectora para la mujer y el niño. 

Por último, hagamos una breve evocación de aquellas mujeres que fueron importantes en la vida de Juan B. Justo y lo influyeron. La madre, Aurora Castro, fue su primera maestra y sostén existencial. Tras separarse de su esposo, se mudó con su prole a una amplia casa en Buenos Aires para priorizar la educación de sus hijos, brindándole el entorno necesario para estudiar. Sostuvo un vínculo muy estrecho con su hermana Magdalena, con quien mantuvo una asidua correspondencia epistolar compartiendo detalles de su existencia, lecturas e inquietudes.

Su primera esposa fue Mariana Chertkoff, con quien tuvo a sus primeros hijos y con la que convivió en su quinta de Morón. Lo acompañó Mariana activamente en la militancia política, organizó coros de niños para el partido, y compartía con él una profunda pasión por la música de Bach, Beethoven y Chopin. 

También su cuñada, Fenia Chertkoff, esposa de su gran amigo Nicolás Repetto, mantuvo con él un entrañable afecto. Militante socialista comprometida con la causa de los pobres y destacada cooperativista, fue también una notable pintora y escultora. La escritora Myriam Escliar, le dedicó un bello libro: Fenia. Feminista, socialista, un personaje histórico apasionante.

 Alicia Moreau, que se unió al líder socialista en 1922,  cuando ella tenía 37 años y él, 57 años, resultó una figura insoslayable. Socialista incansable y feminista precursora desde la temprana edad, el universo de los libros se desveló ante sus ojos curiosos en la librería de su padre, donde la lectura de Darwin y la Historia de la Revolución Francesa sentaron las bases de su espíritu crítico, y su inquebrantable compromiso con las ideas.

Su camino inicial fue el magisterio, una modalidad común para las mujeres de su tiempo, donde tuvo en su etapa formativa a don Hipólito Irigoyen como profesor, al que evocó con simpatía en sus diálogos con el antropólogo Blas Alberti, para luego volcarse a la educación de los más humildes, abogando por jardines maternales, bibliotecas populares y la educación laica.

El año 1907 marcó un punto de inflexión para la gran socialista. Atraída por los principios evolucionistas, se unió a la Sociedad Luz de Barracas. Fue también en este año que rompió el rígido mandato patriarcal al ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, siguiendo los pasos de Cecilia Grierson, y desafiando una sociedad que miraba con recelo la incursión femenina en los claustros universitarios.

Durante su residencia en ginecología en el Hospital de Clínicas, se adentró en la cruda realidad sanitaria de las mujeres argentinas, una experiencia que grabó a fuego la idea de la justicia social y las profundas deficiencias de la organización social de su tiempo. Con su pensamiento científico, desafió las sombras de las teorías pseudocientíficas que, a principios del siglo XX, buscaban justificar la inferioridad biológica de la mujer.

Para ella, la educación era la herramienta primordial para moldear al individuo y transformar la inicua sociedad.

Su inicial compromiso social se extendió al activismo político y feminista. Participó en la Huelga de los Inquilinos en 1907 y en la llamada Marcha de las Escobas. En 1919 fundó la Unión Feminista Nacional (UFN), lanzando la revista Nuestra Causa, como órgano de difusión. 

Pionera en la lucha por el sufragio femenino, promovió simulacros de voto y peticiones masivas, logrando un hito con la Ley de Derechos Civiles de la Mujer en 1926, que equiparó los derechos entre los hombres y las mujeres. Cuando la ley del voto para las mujeres finalmente llegó en 1947, aunque celebrada por la mayoría de la sociedad, Alicia,  feroz opositora al naciente Peronismo, la rechazó por considerarla una maniobra política.

Se sumó al Partido Socialista en 1920, militando toda su vida, casándose en 1924 con Juan B. Justo, y teniendo tres hijos. Su visión del socialismo trascendió cualquier figura, viéndolo como un proceso inherente a la civilización humana, y cuestionando el predominio del factor económico de Marx, pues creía que el hombre tenía más de una zona importante que la gástrica. Su libro El socialismo según Juan B. Justo, contiene su ideario político socialista.

En 1958, cofundó el Partido Socialista Argentino (PSA), y tras la muerte de Alfredo Palacios en 1965, asumió la Secretaría General. En 1975, en el Año Internacional de la Mujer, fue cofundadora de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Durante la última dictadura cívico- militar, su menuda figura se erigió junto a las Madres de Plaza de Mayo, a quienes elogió como mujeres valientes, firmando solicitadas y presentando peticiones por la aparición con vida de los detenidos.

Su pensamiento vivo, revela una fe inquebrantable en las transformaciones revolucionarias pacíficas, creyendo que las grandes revoluciones germinan en el intelecto, y que el libro es el arma más poderosa en la lucha por las ideas, no la violencia. Su obra La mujer en la democracia sintetiza su concepción en defensa de la mujer.

Al final de larga y provechosa  vida, Alicia Moreau se describió a sí misma como una gran luchadora contra molinos de viento, anhelando ser recordada por lo que fue: una incansable forjadora de un país más justo e independiente. Su bella existencia fue un testimonio viviente de la convicción de que este país debe ser ilustrado e igualitario.

La lucha por la emancipación de las mujeres fue un pilar esencial dentro de la concepción socialista de Juan B. Justo. Esa profunda convicción militante se manifestó tanto en su vida personal como en su acción política y profesional, y es un legado que no debemos olvidar. 

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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