En los primeros años de su existencia, el socialismo argentino tenía su mirada puesta principalmente en las chimeneas y los talleres de la ciudad. El movimiento había nacido entre los trabajadores industriales de la antigua Capital Federal, por lo que su programa inicial olvidaba contemplar la inmensa y rica realidad agrícola- ganadera, que definía al país. Aunque los fundadores sabían que la tierra había sido injustamente apropiada formando enormes latifundios, el trabajador rural parecía haber quedado afuera de sus planes inmediatos de emancipación.

Pero esta dolorosa omisión no perduraría mucho. Comprendiendo la profunda necesidad de llevar la justicia a las Pampas, Juan B. Justo decidió abandonar el bullicio de la ciudad de Buenos Aires, y radicarse durante dos años en la localidad de Junín. Lo que allí descubrió, fue un paisaje de explotación: ocho de cada diez porciones del trabajo del campo argentino estaban en manos de arrendatarios. Estos hombres vivían sometidos a contratos brutales, obligados a entregar hasta el cuarenta por ciento de su cosecha en especie, sin ninguna seguridad sobre su futuro.

La estadía en Junín marcó un punto de inflexión fundamental para el movimiento, ya que le permitió estructurar el primer enfoque político y analítico serio sobre la cuestión agraria en Argentina, impulsado por la apremiante necesidad de dotar al Partido Socialista de un programa agrario. Este plan es esencial para comprender la rebelión iniciada en 1912 en mi querida ciudad de Firmat, que tuvo su momento culminante en junio de ese mismo año en la localidad de Alcorta.

Al salir de la teoría y entrar en contacto directo con los trabajadores, arrendatarios y propietarios locales, pudo observar, y comprender de cerca el fenómeno de la producción y las verdaderas condiciones del trabajo agrícola. Esta inmersión lo convirtió en el primer estudioso argentino en ocuparse de forma precisa de uno de los mayores problemas del país. Delineó soluciones concretas argumentando que, si se lograba elevar el nivel de vida del arrendatario, este estaría en condiciones de mejorar a su vez el trabajo y la vida de sus peones.

Todo el gran caudal de conocimientos y experiencias personales que adquirió en las Pampas, fue puesto a disposición del Partido Socialista a través de diversas publicaciones y conferencias. Este proceso de maduración intelectual culminó el 21 de abril de 1901, cuando dictó su histórica primera Conferencia sobre el Programa Socialista del Campo, estableciendo conclusiones claras sobre lo que necesitaba el agricultor.

 El impacto de sus estudios en Junín trascendió la teoría y se convirtió en acción partidaria. Apenas unos meses después de su Conferencia, durante el Congreso celebrado en la ciudad de La Plata el 7 y 8 de julio de 1901, el Partido Socialista debatió ampliamente estas ideas y decidió modificar oficialmente su Programa Mínimo. En él se incluyeron por primera vez cláusulas específicas para proteger a los trabajadores del campo, como la abolición de impuestos a la producción agrícola, la indemnización a los arrendatarios, y la obligación de dar alojamiento higiénico a los peones.

Planteaba Juan B. Justo en su Conferencia de 1901: “Dentro de los fines generales del Socialismo, una tendencia particular, un programa especial, sólo están autorizados cuando se afirman en la unidad política del pueblo. No hay ni puede haber antagonismo político entre los trabajadores de la ciudad y los del campo, en las batallas que para su defensa y elevación deben dar colectivamente todos los días, unos y otros saben reunir en un haz de reformas concordantes y prácticas, las distintas necesidades de las diversas partes del pueblo que trabaja, si unos y otros conocen la teoría que a todos debe guiarnos hacia la realización del ideal”.

Opinaba además, con agudeza: “Y bajo su doble faz de movimiento de hombres y administración de cosas, la política rural tiene que ser en la Argentina más importante que la política urbana”. Este planteo, es determinante para comprender la lectura que hará el líder del socialismo argentino del necesario desarrollo político y social de la República Argentina. Lejos de una lectura mecanicista de los textos clásicos del marxismo, entenderá el carácter específico de nuestra comunidad.

Comprendía que no solo la explotación industrial era el dilema nacional, sino que también el parasitismo territorial era un problema grave: “En su forma primitiva y gremial, la lucha de clases se sostiene directa y exclusivamente entre patrones y obreros; pero en su forma desarrollada de acción política, debe a veces dirigirse que el parasitismo burocrático y la renta no absorban lo que necesita el empresario para la remuneración del trabajo”.

El Programa del Campo tenía bases claras y un ejemplo geográfico: “Para que el pueblo trabajador del campo tenga más perspectivas del desarrollo, para que el suelo argentino se enriquezca, para que haya más libertad y progreso, es urgente aplicar un plan de reformas tendientes a dividir los latifundios en unidades agrarias más conformes con las necesidades técnicas, económicas y políticas del país. Nueva Zelanda, ese joven pueblo que llama la atención del mundo por el carácter humano y equitativo de las leyes, debe ser nuestro modelo político”. 

La última reforma de la Constitución de Santa Fe, pone en el centro de los derechos políticos, la autonomía municipal. Juan B. Justo y el Partido Socialista, ya en 1901, sostenía: “En el orden político, lo que más debe ocupar nuestra propaganda del campo es la defensa de la autonomía municipal”. Su progresista visión se adelantaba muchos años a la Constitución Latorrista de 1921, que fue abrogada por la reacción política. 

Las propuestas estructuradas por Juan B. Justo en su magistral Conferencia, se incorporaron oficialmente a la plataforma partidaria durante el Cuarto Congreso Nacional Ordinario del Partido Socialista Argentino, celebrado en el salón del Centro Socialista de la ciudad de La Plata los días 7 y 8 de julio de 1901. Asistieron a él, ocho agrupaciones de la Capital, dos centros socialistas de idioma extranjero, y once agrupaciones del interior, con su impronta agrarista.

Durante ese encuentro, el problema agrario fue ampliamente debatido por los delegados presentes. Para llevar las ideas a la práctica, se designó una comisión especial encargada de dictaminar sobre la reforma total de los Estatutos y las reivindicaciones que debían introducirse. Adolfo Dickmann, en su libro Los Congresos Socialistas, dice con respecto al IV Congreso: “El Doctor Justo, después de una permanencia de un par de años en la ciudad de Junín, centro urbano de una vasta e importantísima región agrícola argentina, trae al seno del Congreso el fruto de sus estudio y de su observación, concretadas en un programa de acción socialista del campo”.

Consideraba imperioso terminar con el monopolio de las grandes extensiones de tierra despoblada e improductiva, con el fin de entregarla a quienes la trabajaban, fomentar la creación de chacras familiares y aumentar la producción agrícola. El mecanismo central para lograr esto era la aplicación de un impuesto progresivo y directo sobre el valor de la tierra, que desalentaría la especulación, y forzaría la subdivisión de los grandes dominios.

Consciente de que los arrendatarios trabajaban el 80% de las tierras bajo condiciones de severa explotación, exigió la eliminación de contratos con cláusulas abusivas, mediante las cuales los terratenientes se apropiaban de hasta el 60% de las cosechas y obligaban a los campesinos a usar máquinas o aseguradoras específicas. En su lugar, el programa demandaba contratos a largo plazo y la garantía de una indemnización por todas las mejoras que el colono introdujera en la propiedad.

Juan B. Justo había denunciado la miseria extrema de los peones, quienes frecuentemente vivían a la intemperie, sin higiene, expuestos a pestes y tratados en ocasiones peor que los animales. El programa exigía la reglamentación estricta del trabajo rural, la obligación de proveer viviendas higiénicas, y el establecimiento de inspecciones estatales periódicas (inspiradas en el modelo de Nueva Zelanda), para sancionar a los patrones que violaran estas normativas.

Se promovía la abolición de todos los impuestos municipales y provinciales que obstaculizaran la producción agrícola. Condenaba los altos impuestos sobre insumos esenciales como las patentes de las trilladoras, el hierro galvanizado y las bolsas de arpillera, ya que encarecían los costos operativos. A su vez, exigía eximir del pago de impuestos directos a los pequeños propietarios rurales

Un pilar vital para el progreso tecnológico y económico del país era erradicar el analfabetismo en el campo. Argumentaba el socialismo argentino que el Estado debía enseñar a leer a los chacareros y proveerles los conocimientos necesarios para trabajar la tierra con eficacia, demostrando que la productividad agrícola era muy superior en las naciones donde los trabajadores rurales estaban educados.

El líder socialista sostenía que el latifundio heredado de la Colonia estrangulaba cualquier posibilidad de desarrollo social, evitando la creación de un potente mercado interno. Tenía la misma preocupación que había manifestado Domingo Faustino Sarmiento, en su famoso Discurso de Chivilcoy de 1868, donde expresaba que de la conjunción de los pequeños productores agrícolas y las industrias conexas, dependía la grandeza del país. 

Luis Pan, en su obra Los Socialistas y la Cuestión Agraria, planteaba que tres eran las corrientes clásicas, en materia agropecuaria, en el socialismo argentino: la de Juan Bautista Justo, defensora de la pequeña propiedad; la de Alfredo Palacios, que era partidaria de la enfiteusis;  y la que sostenía la socialización de la agricultura, defendida por los admiradores de la Revolución Rusa, como David Tieffenberg.

Juan B. Justo ampliará los planteos de su Conferencia de 1901, en dos aportes posteriores, El impuesto sobre el privilegio, en 1902, y su folleto La cuestión agraria, de 1917, con su apéndice: La renta del suelo. Estudiar y actualizar sus agudos planteos, es una tarea prioritaria para poder salir de la profunda crisis en que nos encontramos los argentinos.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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