Tenía 7 u 8 años cuando conocí la Colonia de Carlos Paz del Firmat F.B.C. En ese momento el mundo iba a otra velocidad, era a cuerda, como los relojes. Es más, a veces me parece que era en blanco y negro, como la televisión de entonces.
Volví a La Colonia mucho tiempo después y me enamoré de su paisaje, de su historia y de su presente de esfuerzo y resiliencia. Gracias a la convicción de un grupo de socios, el lugar resurgía de las cenizas. Habían logrado evitar su remate y se dedicaban a embellecerlo.


Cuando llegué trabajan en las mejoras necesarias para adaptar el complejo a los requerimientos del mundo actual. Un mundo que ya no era a cuerda. La construcción de la pileta estaba en marcha.
Ahí conocí a Miguel. Él fue parte de lo que me cautivó del lugar. Te recibía con la cordialidad de un familiar que no vez hace tiempo y está esperando que lo visites.

Miguel atesoraba mil historias, mil vidas. En un par de visitas conocí sobre su pasado como arquero de fútbol, de su llegada a Carlos Paz, de sus familias, de su agradecimiento a Andrea y Ramiro, que rescataron a La Colonia y lo rescataron a él en un momento muy difícil.
A pesar de los 450 kilómetros de distancia, Miguel era un vecino de Firmat, de esos vecinos a los que se aprende a querer y cuya partida se siente.
Ojalá que allá arriba el barbudo le guarde un lotecito con vista al lago San Roque, como para que no extrañe tanto su lugar y pueda saludar de cerca a quienes visitan La Colonia.



Por Mariano Carreras








