En enero de 2024, la “Asociación Cultural Sanmartiniana Cuna de la Bandera”, realizó la 27º edición del Cruce de Los Andes a lomo de mula. Este año, tres mujeres firmatenses formaron parte del equipo que transitó el camino cordillerano que hace más de 200 años fue fundamental para la liberación de América. La expedición se dividió en dos grupos, 27 personas lo hicieron en la división “Montados” a lomo de mula y 17 en “Infantería”, quienes realizaron la travesía caminando, ambos grupos acompañados por el Ejército y miembros de la Asociación organizadora.

En diálogo con El Correo, Alicia y Mariana contaron cómo fue que decidieron llevar adelante esta histórica travesía, sus sensaciones, miedos y las emociones que formaron parte de una experiencia única e inolvidable.

-¿Cómo surgió la inquietud de hacer este desafío? 

Alicia D’Alleva: Esto era un sueño que quería cumplir, que lo intenté hacer varias veces. Todas las mañanas escuchaba por los medios rosarinos a la gente que hacía el cruce, una vez me anoté y se conectaron conmigo y después me dio miedo, de esto hará unos cinco o seis años. Resulta que cuando en 2023 vuelvo a escuchar en la radio digo: si no es ahora, ¿cuándo? Me anoté, pero no recibía respuesta y era porque tenía problemas en mi casilla de correo, hasta que en agosto se conectaron telefónicamente y ahí empezó el contacto bien, donde primero te hacen una entrevista, después en esa entrevista ellos te solicitan un montón de estudios médicos para ver si estás apta.Cuando hablo de estudios médicos no solo hablo de análisis, sino del holter todo el día para saber qué presión tenés, etc. Yo tenía un poquito de varias cosas, me puse firme y bajé 11 kilos en tres meses, en esos tres meses nivelé todos los desastres que tenía. Cuando presento todo eso, me dan el ok y ahí empieza toda la preparación previa, que por ejemplo, por más que uno sepa andar a caballo por el tema del campo, hacía años que no lo hacía, entonces fui de Moni Bakota con su esposo y ahí empecé a hacer la preparación para el caballo, para conocer el manejo, porque vos tenés que tener una idea, paralelo a eso seguía con mis kilómetros en bicicleta como para estar en plenitud. Tenés que tener una preparación o un ejercicio, porque realmente allá estás desde las sies de la mañana hasta las dos o cuatro de la tarde en movimiento arriba de una mula.

Mariana Samuel: -Surgió de hacerlo a raíz de que Ali siempre hablaba del cruce y decía qué bueno, yo también quiero hacerlo. Cuando se vuelve a anotar ahora, le digo ¿por qué no le preguntás si podemos ir con Angie?, las dos juntas. Porque sabía que sin Angie era imposible ir. Además, Angie monta des-de chica, le fascina andar a caballo, cada vez que vamos a un lugar de sierra, de montaña, va a andar a caballo. Pero ellos contestan que no, porque tenía 11 años, A todo esto, nos invitan igual a un campamento en Arrecifes, y ahí ven que se manejaba bien sola, me refiero a sus objetos, a su plato, que se doble su bolsa de dormir, cargar su mochila, sus elementos. Con el animal, vieron que no tiene drama, sabe ensillar, pone el freno, se sube como si nada, cualquiera sea la altura del animal. Después del campamento nos dijeron que sí. Y de ahí arrancamos con todo, te piden muchos estudios, son muy cautelosos, cuidadosos, y nos cuidaron durante todo el cruce. 

-¿Cómo fue tu preparación?

M.S.:-Fuimos a montar más seguido. La verdad es que de chica montaba, pero después no anduve mucho a caballo. Los chicos de Equinoterapia Firmat me explicaron cómo es el comportamiento de la mula, así que me dieron un caballo terco y tuve que aprender. Siempre tuve caballos mansos, les hacés un sonido y arrancan, trotan y galopan. Me dieron uno terco, que me hizo renegar, pero después allá, a la mula la manejé muy bien. La hacía trotar, galopar, frenar, ir adelante, atrás, arriba, abajo, no hubo problema. Solo me costó el primer día, hasta que enganché, después ella, con el sonido, me hacía caso, una maravilla. Y en la preparación, también lo que hice fue agregar musculación, porque allá no me quería cansar, porque después de cinco o siete horas arriba de la mula, estás con los músculos contraídos. No vas tan relajado y no quería agotarme tanto y obviamente seguí con la bici.

-Una vez realizados todos los estudios ¿cómo comienzan la aventura? 

A.D.: Salimos de Firmat el domingo 21 de enero junto con Mariana y Angie, las tres, hacia la ciudad de Mendoza. Cuando llegamos allá, nos recibieron en una Compañía del  Ejército, ese día tuvimos la posibilidad de conocernos con las otras personas, compartir una cena y al otro día, a la mañana temprano, partimos hacia Uspallata, llegamos y estuvimos todo el día preparándonos, nos presentaron la mula, porque vos tenés que tener un contacto con ese animal que lo vas a tener ocho días para vos. Nos enseñaron a ensillar y a desencillar, y el martes 23 salimos desde el GAM 8 (Grupo de Artillería de Montaña 8 Uspallata) arriba de la mula hacia Picheuta. Fueron 26 kilómetros bastante terribles en el sentido de que también en Mendoza había ola de calor, que no es algo común y realmente fue bastante cansador, agotador te puedo decir. Llegamos y lo que queríamos era descansar. Dentro de esos 26 kilómetros parás una vez al baño, baño natural, a la montaña, a los yuyitos, lo que sea (risas). En cuanto al clima, el sol pegaba muy fuerte y lo que tenías que prever era ponerte el protector. No solamente el protector solar en la cara, sino en los labios. Aclaro, no crema de cacao, que te cocina los labios, protector.

-¿Cuáles fueron los diferentes tramos que realizaron? 

A.D.: Desde Uspallata hasta Picheuta, ahí descansamos y comimos. Siempre la comida a cargo del ejército, que era muy rica. Después, para armar la carpa había un viento espantoso. Todas las veces que armábamos carpa había mucho viento. ¿Y qué hacíamos? Mucha solidaridad. Es decir, armábamos una carpa entre todos. Terminábamos esa, seguíamos con otra carpa. Porque dos personas no podían sostenerla. Lo que a mí me llamó la atención es que no usábamos las estacas porque no entraban por la piedra. Entonces usábamos las piedras grandes y atábamos ahí. Y poner piedras adentro de la carpa para que no se nos volara. El viento era todo un tema. Después, de Picheuta salimos tempranito hasta Polvaredas. En Polvaredas dormimos al aire libre pero bajo techo. Y en Polvaredas nos avisan que al otro día teníamos que ir a Punta de Vacas, en ese sector había un sendero de 50 centímetros, en un lado la montaña, literalmente, pegada a vos y del otro lado un precipicio de no sé cuántos metros. Y ahí arrugué, dije, no lo voy a hacer porque no viene a sufrir. Pero como tenía la presión siempre bien y sabían de todo mi entrenamiento, lo chequearon con el médico y me autorizan a hacerlo caminando. Ahí tengo la oportunidad de  hacer el cruce de las dos maneras, caminando y montando. Y fue una experiencia única. Eso sí, las mulas llevaban como una hora de adelanto. Y cuando pasamos nosotros ví el lugar, dije ¿por acá pasaron las mulas?, elegí bien. Porque era muy complicado, mal. Tuvimos que cruzar un arroyo, que fue bastante difícil porque el arroyo era torrentoso. Tuvieron que tirar piedras, colocar una cuerda y ahí pudimos pasar. Hasta que llegamos a Punta de Vacas donde dormimos dos noches. El primer día salimos a hacer una cabalgata al Valle del Tupungato, al costado corre el río Mendoza, comimos ahí, regresamos y dormimos otra vez en Punta de Vacas. Esa noche se vino una tormenta muy fuerte y nos llevaron bajo techo. Al día siguiente no me lo voy a olvidar más, porque nos levantaron a las cuatro y media de la mañana, teníamos que estar temprano porque ese día llegaba el ministro de Defensa, Luis Petri. De Punta de Vacas llegamos hasta Los Penitentes, hubo un acto, y después de ahí el Ministro se subió a una mula con nosotros, con su hijo, su sobrino y nos fuimos hasta Puente del Inca. Llegamos y hubo un acto en la Plaza de Armas, nos quedamos todo el día ahí y a la noche compartimos una charla con Luis Petri. Al día siguiente el Ministro se tuvo que ir y a nosotros nos quedaban todavía dos tramos más. En Puente del Inca visitamos e hicimos una recorrida, algunos compraban regalitos, un lugar hermoso. Y después, al otro día a la mañana tempranito, salimos hacia Las Cuevas. En Las Cuevas ya estábamos subiendo mu-cho y había muchísimo viento y seguía haciendo mucho calor. En Las Cuevas preparamos las carpas al costado de la ruta, descansamos, y al otro día tempranito salimos hacia el Cristo Redentor. Ahí vas subiendo la montaña en forma de zig-zag, subimos más de seis mil metros. Ahí ya el viento era muy fuerte, y pasaba algo raro, cuando el viento no soplaba, te morías de calor. Luego volvimos a Las Cuevas en mula, que se hizo interminable, porque imagínate, al octavo día estábamos cansados. En ese momento me decía, no creo que resista un tramo más, llegamos a Las Cuevas y ya estaba el camión del ejército para recolectar a las mulas y un micro para nosotros que nos llevó hasta Uspallata.

-¿Qué te dejó el viaje, fue lo que esperabas o fue más? 

A.D.: Fue más de lo que esperaba. Porque realmente, hoy podés encontrar mucho turismo aventura y todo eso, pero esto es un proyecto pedagógico-cultural de una Asociación que lo que busca es rescatar quién fue el general San Martín. Entonces vos ahí descubrís y decís, 200 años atrás y estos tipos pasaron llevando cañones, toda esa artillería, sin preparación alguna de la mayoría de los soldados. Nosotros íbamos con celulares, la agüita, con la comida, el ejército atrás. Entonces vos ahí empezás a valorar un poco más la historia argentina y decís, ¿de dónde salió ese tipo hace 200 años atrás para hacer semejante hazaña? Eso es lo que yo rescato de todo esto. 

M.S.: Fue muy lindo, me encantó. A lo mejor tenía miedo de no poder entendernos con la mula y fue fantástico entendernos, que haga lo que yo quería, que me haga caso. Así que eso me encantó, fue satisfactorio para mí, porque fue a lo que más le temía, tal vez. También tenía miedo del agotamiento y demás, y no pasó nada. Después llegábamos, teníamos energía para lo que sea, para bailar, para tomar un mate, íbamos a hacer las clases de historia. Estuvo muy lindo, nos ayudábamos a armar las carpas, se armó un grupo precioso. Era realmente una comunidad unida. La verdad que aprendí muchísimo sobre la historia verdadera del general San Martín, porque lo que vemos en la escuela no es nada, son como cuentitos que poco tienen que ver con la realidad. Después, nos sentimos muy bien y muy cuidadas por el Ejército, y por la misma gente de la Asociación Sanmartiniana Cuna de la Bandera, la verdad que todos se portaron de diez.

-¿Cuál fue la parte más emocionante? 

A.D.: Fueron varias cosas. Llegar al Cristo Redentor, por ejemplo, miraba y decía, estoy acá. Pero personalmente, un día en Punta de Vacas, estábamos por comer y la gente de la Asociación hacía representaciones de lo que había pasado y en un momento, por ese paso estuvo el Coronel Las Heras. Entonces uno dice, el Coronel Las Heras está esperando la llegada de un chasqui. Y de repente aparecieron los soldados vestidos de chasqui de atrás de un cerro y dejan una bolsa. Y nosotros nos quedamos mirando y resulta que en esa bolsa había un montón de cartas. Y en esas cartas, que nos repartieron a nosotros, me encuentro que tenía tres cartas, de mis tres hijos. Muchas veces los chicos no te dicen las cosas, pero leo las cartas y digo: pucha que soy importante para ellos. Porque estaban orgullosos de su mamá. Y bueno, ahí estábamos todos llorando.

-¿Qué le decís a alguien que no se anima a hacer el cruce?

A.D.: Que por favor lo haga. Porque no se va a arrepentir. Hablé con un montón de personas que me preguntan cómo es y les cuento. Son momentos únicos, vos podés viajar a las montañas, a la playa, pero esto es otra cosa, donde realmente valorás otro tipo de situaciones y que me parece que lo tenés que hacer. Si tenés la posibilidad, lo tenés que hacer. 

Por Elías Ferreyra

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