En junio de 2025, Javier Milei vociferó, desaforado, ante miles de liberticidas españoles: ¡Muerte al socialismo! La escritura de estas notas tiene que ver mucho con esa infausta intervención. Reivindicar la figura de Juan B. Justo y sus luchas, es aclarar cuáles son las ideas esenciales de una concepción del mundo que ha hecho extraordinarios aportes, no solo en la República Argentina, sino en todo el mundo.
Para el insigne fundador, el socialismo era mucho más que una teoría económica o un simple reclamo político. Era un impulso vital y luminoso, la apertura a un mundo nuevo. Lo concebía como una infinita siembra de ideas y un inmenso germinar de costumbres, cuyo propósito final era acabar con el dolor inútil, y regalarle a cada ser humano una vida que fuera digna de ser vivida.

En su visión, el socialismo era el credo de las mentes emancipadas, y la síntesis más bella del progreso humano. Lo abrazaba como un nuevo ideal positivo, capaz de reemplazar a las antiguas creencias que ya resultaban demasiado estrechas para el vuelo de la inteligencia y los sentimientos del hombre. Manuel Ugarte, en su brillante artículo La hora de las Izquierdas, de 1931, afirma acertadamente “…la obra del Dr. Justo, a quien debemos el soplo renovador más importante que ha pasado sobre nuestro país después de la independencia”.
No veía al movimiento emancipador solo como la protesta de los oprimidos contra sus explotadores, sino como la lucha de la verdad contra la mentira, ese embuste que sostenía la frágil estructura de la sociedad de su época. Además, tenía una concepción dignificadora sobre quiénes eran los verdaderos protagonistas de este movimiento histórico. A diferencia de quienes creían que el socialismo era un refugio para los débiles, contradiciendo a Federico Nietzsche, consideraba que el socialismo era la causa de los fuertes.

Los fuertes, según su mirada militante, eran los trabajadores, los olvidados y explotados que con sus manos edificaban las ciudades, movían los barcos y sostenían el mundo. Soñaba, esperanzado, con que este movimiento, guiado siempre por la luz de la educación, elevara el espíritu y la mente del pueblo trabajador.
Su horizonte era construir una sociedad humana libre e inteligente, hermanada en la justicia, y sostenida en la propiedad colectiva de los medios de producción. Era, en esencia, la marcha imparable y consciente de la humanidad hacia su propia libertad.
Consideraba que el socialismo de cuño marxista, estaba firmemente basado en las ciencias económicas e históricas. Esta base científica, hogaño, es lo que permite que el socialismo deje de ser una mera utopía, y se presente ante la inteligencia como una magnífica síntesis del progreso humano.
Veía en la verdad científica, el único camino para redimir a las masas. Se preguntaba cómo evitar el sufrimiento y la degradación humana sin iluminar la mente del pueblo, sin educarla para más altas formas de convivencia social. Es la doctrina del socialismo científico moderno, la que le enseña al proletariado cómo conquistar su libertad y hacerse dueño de la Naturaleza.
Juan B. Justo formuló su más conocida definición del Socialismo en el año 1902, que se destaca por su precisión:
“El socialismo es la lucha en defensa y para la elevación del pueblo trabajador, que, guiado por la ciencia, tiende a realizar una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción”.

Afirmaba en la misma exposición: “El socialismo resulta de la extensión de la conciencia política del pueblo y tiende a ampliarla y profundizarla aún más; es causa y efecto del sufragio universal; su razón de ser, lo que le da fuerza y eficacia; llama a todos a la acción política y a todos da luces a la acción consciente”.
En 1913, reafirmando su concepción, planteaba enriqueciendo su definición del Socialismo: “Entendido como la elevación de la masa del pueblo por su propio esfuerzo, colectivo y consciente, el Socialismo tiene en sí todo lo necesario para llegar a la verdad histórica, el sentimiento que estimula a la acción, la necesidad de ver claro para conducirla. Su aporte ha sido, pues, decisivo, también en el terreno de la teoría. Ha comprendido la preponderancia de los fenómenos de la producción en el cuadro de lo propiamente histórico, la subordinación de las Instituciones políticas y jurídicas a la técnica y a la economía, la incesante evolución social que es la Historia misma, la caducidad fatal de toda ley escrita que se oponga a la expansión de las fuerzas técnico-económicas”.
Es interesante recordar en estos momentos de gobierno liberticida, lo que decía en su Conferencia de 1902, sobre el papel del Estado en la sociedad: “La clase trabajadora de los países más cultos, ve en el Estado el coordinador y regulador de las relaciones de los hombres en la producción, función cuya importancia se acrece a medida que los procesos técnicos se concentran y sistematizan y que el pueblo es llamado a influir mediante el sufragio universal”.
En el mundo contemporáneo, y siguiendo las enseñanzas de Juan B. Justo, el socialismo es un despertar vivo y constante de los oprimidos, una marcha consciente hacia la dignidad humana. El destino final de este largo y empinado viaje es transformar el mundo desde sus cimientos, apuntando hacia una comunidad humana donde reine la armonía y la inteligencia, sostenida por un pilar inquebrantable: que las tierras, las máquinas y todos los recursos tecnológicos con los que se genera la vida, pertenezcan a todos por igual.
Este ideal nace de una fractura profunda en la sociedad: el choque inevitable y natural entre quienes acumulan los medios para producir y quienes solo poseen su esfuerzo físico o mental para sobrevivir. Sin embargo, esta contienda no se plantea como un acto de venganza ciega o destructiva, sino como una acción organizada, moral y constructiva.
Se trata, en esencia, de conquistar mejoras mensurables en la existencia concreta. El socialismo es la voluntad enérgica de un pueblo que se educa, se agrupa en sindicatos, y participa activamente en las decisiones de su tierra, utilizando la cooperación voluntaria para romper, eslabón por eslabón, las cadenas de las opresiones de clase, género y nacional. Emilio Frugoni, el gran socialista uruguayo, afirmaba que no hay peor dictadura que la miseria.
Para Juan B. Justo, la lucha de clases se define como el antagonismo político fundamental entre capitalistas y asalariados, constituyendo la gran fuerza que empuja hacia adelante a las sociedades modernas. Esta contienda es una resistencia del pueblo trabajador contra la explotación a la que lo sujeta la clase social propietaria de los medios de producción
El antagonismo se manifiesta cuando los trabajadores, reconociendo su opresión compartida, aúnan sus esfuerzos para defenderse colectivamente y elevar su situación en la sociedad. El pueblo trabajador le asigna a esta lucha un objetivo último e ideal: la socialización de los medios de producción y de cambio, es decir, el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad.
No queremos terminar este texto sin recordar las lúcidas observaciones de José Arícó, sobre el socialismo del fundador del Partido Socialista Argentino, desarrolladas en su libro La Hipótesis de Justo:“El punto fuerte del razonamiento de Justo, lo que hace de él un pensador ´moderno´ en el estricto sentido de la palabra, es decir, un político capaz de analizar la situación argentina en las nuevas condiciones creadas por una profunda extensión de las bases de la sociedad capitalista y por un ascenso notable de la voluntad organizativa del proletariado mundial, reside, en su reconocimiento y de la posibilidad de la formación de un partido político autónomo de las masas trabajadoras argentinas separado del resto del movimiento democrático y popular”.
Y continúa observando:” Los trabajadores argentinos, en el acto mismo de su constitución de su organización política propia, creaban los presupuestos necesarios para que su lucha por la conquista de una democracia económica implicara de hecho la realización de la democracia política”.
La hipótesis de Justo, plantea José Aricó, es el proyecto estratégico más coherente de nacionalización de las masas, de incorporación de los trabajadores a la vida nacional, y de construcción de una democracia social avanzada en la Argentina, previo a la llegada del peronismo.
Justo, sigue planteado el marxista cordobés, buscaba que el socialismo se arraigara en la vida política y social argentina como una parte de ella misma, y no como un fenómeno de importación ajeno a la propia realidad del país. Para ello, intentó establecer una relación de continuidad y cambio con el pensamiento liberal-democrático del siglo XIX, buscando constituir al socialismo como parte de la historia democrática de las clases populares.
Aunque Justo tomó de Marx el concepto de la lucha de clases, lo despojó de ciertas visiones ortodoxas y lo vinculó directamente con la creación de instituciones prácticas que los trabajadores podían construir frente al capital: el partido político (el Partido Socialista), los sindicatos y las cooperativas. Luis Pan, en su libro Juan B. Justo y su tiempo, sostiene que el reformismo justista es anterior a las reflexiones sobre el tema de Eduard Bernstein.
El proyecto socialista del autor de Teoría y Práctica de la Historia, no se limitaba a los obreros urbanos, sino que proponía un programa de reformas económicas, políticas y sociales, basadas en articular las transformaciones socialistas con una democracia agraria. Su estrategia pretendía prolongar la acción socialista al mundo rural, para construir un bloque social entre los trabajadores urbanos, y los pequeños y medianos productores agrarios.
Concebía el socialismo como un resultado inevitable del avance de la cultura política y de la democratización de las instituciones. Consideraba que el socialismo moderno contaba, quizás un poco ingenuamente, con el poder de la razón histórica, y que el Partido Socialista, como la porción más activa del pueblo, debía enseñarle a los trabajadores a comprender su situación de clase oprimida.
En cuanto a las razones del fracaso de Justo para constituir una opción de poder, señala José Aricó, son que quedó aprisionado por una visión cientificista, y un exceso de confianza en el poder de las ideas, lo que lo llevó a confundir, con cierto mecanicismo, la relación directa entre la posición de los individuos en la economía, y sus comportamientos políticos y sociales.
No logró entender la compleja dialéctica mediante la cual los trabajadores podían transformar la sociedad, ni calculó la enorme capacidad de absorción e integración que el Estado demostraría tener a partir de las reformas electorales de 1912. Como consecuencia, corrientes como el yrigoyenismo primero, y el peronismo décadas después, terminaron imposibilitando la penetración del socialismo en las clases populares argentinas.
El ideario socialista, a partir de la brega de Juan B. Justo, y del movimiento social consciente de sus intereses de clase, sigue iluminando la política argentina. Depende de nosotros, continuar su lucha, para la instauración de un mundo sin verdugos ni explotados.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)






