Juan B. Justo ingresó al recinto parlamentario no como un político tradicional, sino como un militante de las ideas socialistas, dispuesto a diseccionar con rigor y claridad las entrañas de una oligarquía que, a su juicio, estancaba al país. Su labor en el Congreso trazó el horizonte de una Argentina nueva, basada en el trabajo, la justicia y la libertad para todos.

Desde su banca, se reveló como un crítico insistente e inquebrantable del estado de cosas imperante. Poseía un estilo particular, era sereno en sus exposiciones, armado siempre con datos precisos, estadísticas y conocimientos históricos, pero profundamente enérgico en sus conclusiones. No temía enfrentarse a la mayoría conservadora; por el contrario, cuando lo acusaban de adoptar posturas revolucionarias, él respondía con orgullo que se jactaba de ello.

Su temple era el de un militante acorazado contra la injuria, que prefería hablar como un tribuno del pueblo antes que someterse a las reglas de los falsos caballeros. Su dedicación rozaba el heroísmo cívico. A fines de 1916, convaleciente aún por los disparos de un atentado contra su vida que le fracturó el fémur y le lesionó un brazo, pidió que le instalaran una habitación en el propio edificio del Congreso, para no perderse el debate del presupuesto y poder lanzar sus acusaciones contra las concusas finanzas oficiales.

Enrique Dickmann, en su escrito El Pensamiento vivo de Juan B. Justo, afirma: “La entrada de Juan B. Justo al Congreso Nacional, en 1912 -en la primera elección libre realizada por la nueva ley electoral de Sáenz Peña- fue un acontecimiento político de extraordinario alcance e importancia. Puede afirmarse, sin hipérbole, que constituyó una verdadera revolución parlamentaria. Su vasta, compleja y fecunda obra legislativa -proyectos de ley, interpelaciones, discursos e intervenciones en la discusión del presupuesto- constituye un monumento de ciencia y conciencia política. Con la presencia de Justo en el Congreso-Cámara de Diputados y Senadores de la Nación- los debates parlamentarios sufrieron un profundo cambio de forma y de fondo. Al discurso altisonante y vacuo reemplazó la exposición metódica, estilo preciso y conciso; a la frase sonora y hueca sustituyó el concepto claro y científico. Justo fue un orador parlamentario, insuperable por su estilo y claridad. Lo escucharon siempre con profunda atención y provecho, partidarios y adversarios. Su paso por el parlamento argentino ha dejado una huella luminosa e imborrable”.

Justo comprendía que las leyes burguesas solo servían para mantener privilegios, y perpetuar la servidumbre de los proletarios. Su pluma y su voz exigían una legislación social que asegurara a cada habitante un mínimo indispensable de salud, desarrollo y autonomía. Peleó para que las leyes protectoras, no quedaran encerradas en la antigua Capital Federal, sino que abrazaran a los peones y empleados de todos los territorios nacionales.

Entendía que el propósito del parlamento no era mantener los privilegios de los ricos, sino asegurar a toda la población un mínimo indispensable de salud física y mental, autonomía y oportunidades de vida. En este sentido promovió proyectos para el reconocimiento de las asociaciones gremiales de trabajadores, la abolición del pago de salarios mediante vales, o signos de papel emitidos por los patrones, exigiendo que se pagara en moneda nacional, y la ampliación de la ley de descanso dominical.

Al mirar los campos argentinos, no veía la grandeza que pregonaban los estancieros, sino una base material caduca que frenaba el porvenir de la nación. Denunció con dolor y rigor estadístico cómo los inmensos latifundios asfixiaban a los pueblos, y condenaban a los peones a vivir como parias, en condiciones de hacinamiento, y sin esperanza de formar familias estables. Para curar esta herida, propuso poblar las llanuras de chacras y trabajadores libres, fomentando el cooperativismo agrario genuino.

Defendió desde el Parlamento argentino las huelgas proletarias, como la iniciada en Firmat y continuada en Alcorta, argumentando que la solidaridad entre los arrendatarios y peones era una necesidad ineludible frente a los abusos patronales. Propuso un impuesto progresivo a la tierra y al mayor valor para desalentar la especulación, y promovió leyes para indemnizar a los campesinos por las mejoras que introducían en los campos. 

Para enfrentar a los monopolios ganaderos, llegó a redactar un  fundamentado proyecto para crear el Trust Nacional de la Carne, una empresa mixta con control mayoritario del Estado nacional, que aseguraría precios justos en el mercado y salarios elevados para los consumidores. Presidió, también con gran solvencia, en 1919, la Comisión Investigadora de los Trusts, revelando prácticas monopólicas en la carne, el azúcar, el vino, la nafta, entre otros.

Para el fundador del Partido Socialista, los trabajadores debían organizarse no solo para la protesta, sino para gestionar la economía. De ahí su análisis del trabajo económico, de enorme importancia teórica y práctica. Presentó y defendió proyectos para reglamentar el funcionamiento de las verdaderas sociedades cooperativas, asegurando que no tuvieran fines de lucro privado, ni se vincularan a sectas religiosas, y distribuyeran sus beneficios en proporción al consumo, o trabajo de los socios.

Para el legislador socialista, la depreciación del papel moneda era un fraude, una rapiña monetaria de la oligarquía, diseñada para pagar salarios de miseria, y abaratar los productos nacionales en beneficio del extranjero. Soñó con un Estado o asociaciones cooperativas capaces de administrar la riqueza con provecho general. Era consciente de que un alto desarrollo de las fuerzas productivas, y una mano de obra calificada, era la sólida base material del Socialismo.

Consideraba que abandonar al pueblo en el analfabetismo era una traición a la República. Fue un apóstol de la enseñanza laica y moderna. Rechazó con dureza el fanatismo religioso en las aulas, afirmando que imponer dogmas a los niños era mutilarles el alma y enseñarles a simular. Abrazó, desde el Parlamento, la causa de los estudiantes en la Reforma Universitaria de Córdoba, exigiendo limpiar las casas de estudio del verbalismo vacío y la ciencia apócrifa, para abrir las ventanas a los verdaderos laboratorios, a la investigación práctica y al progreso consciente.

También, como senador, presentó iniciativas audaces como la reforma constitucional para lograr la separación definitiva entre la Iglesia Católica y el Estado, y proyectos para establecer el divorcio en la legislación civil. Planteó varias resoluciones de solidaridad internacional, repudiando la intervención extranjera, como el apoyo a México, y a los guerrilleros de Sandino en Nicaragua ante las amenazas y conflictos con los Estados Unidos.

Los libros Juan B. Justo: La lucha social en el Parlamento, con prólogo de Dardo Cúneo, y Juan B. Justo Parlamentario, de José Rodríguez Tarditi, analizan su obra como tribuno del pueblo. Comparar su obra con la de los legisladores actuales, es un indicador de la irrefragable decadencia nacional.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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