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Belgrano y Catalina, la de la bandera

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Una bandera es mucho más que un mero símbolo. Expresa una cultura, es la afirmación vital de una comunidad que reúne su pasado, su presente y su futuro. Son incontables los ejemplos históricos que exteriorizan la importancia del pabellón nacional para dar una identidad. Prueba de ello fueron los emotivos momentos que nos dieron los colores de nuestra bandera en el pasado mundial de fútbol. En particular en el partido contra la pérfida Albión, Inglaterra.

En los últimos tiempos, la investigación histórica y el eco de las aulas han comenzado a rescatar el nombre de eminentes mujeres de un largo olvido, descorriendo el velo de un relato oficial que durante años las mantuvo a la sombra de los acontecimientos.

María Dolores del Valle, Gregoria Pérez de Denis, Virginia Bolten, y tantas otras mujeres que hicieron un aporte inmarcesible a la historia nacional han cobrado renovada existencia. Sin olvidar, por supuesto, a la que le da sentido concreto a este escrito.

En los márgenes difusos de una historia escrita casi siempre en masculino y por hombres, la figura de María Catalina Echevarría de Vidal emerge hoy no como un simple decorado doméstico, sino como una actora importante del proceso revolucionario que dio nacimiento a la Argentina. 

La vida de María Catalina comenzó bajo el signo de la pérdida, de lo subalterno. Siendo apenas una niña, quedó huérfana y fue acogida por la familia de Pedro Tuella, un respetado vecino de Rosario y dueño de un almacén de ramos generales. En ese hogar sustituto, Catalina fue criada bajo los cánones de la época colonial, recibiendo una educación destinada a prepararla para un  matrimonio tradicional dentro de la esfera doméstica.  

Fue en ese almacén, entre el aroma a provisiones, donde se custodiaban también los rollos de telas que más tarde cambiarían el destino de la región. Para el momento de la creación de la bandera, Catalina ya había alcanzado ese destino conyugal previsto por la tradición. Estaba casada y residía en el sector más importante del poblado de Rosario, una zona cercana a donde hoy se yerguen la Catedral y el Monumento Nacional a la Bandera.

Rosario era entonces un núcleo de población pequeño, un punto clave donde se construyeron las baterías Libertad e Independencia. Hasta allí llegó Manuel Belgrano con su ejército emancipador. La conexión entre el prócer y Catalina no fue casual; su hermano, Vicente Anastasio Echevarría, fue un prominente abogado, un militante activo de la causa revolucionaria, y un amigo personal del creador de la insignia patria.

Ernesto Del Gesso en su interesante libro Vicente Anastasio Echevarría: prócer rosarino, nos comenta: “La amistad entre Belgrano y Vicente Anastasio y la de este con el anciano vecino de la Capilla, Pedro Tuella, fue una triangulación que resultó básica para hacer sustentable una tradición, ya transformada en historia generalizada y aceptada. La misma transmite que María Catalina Echevarría de Vidal confeccionó la bandera celeste y blanca ideada por Belgrano y enarbolada en las barrancas del Paraná aquel memorable 27 de febrero de 1812, episodio que significó nada menos que la creación de la enseña patria”.

En un poblado tan pequeño, calificado por Bartolomé Mitre como el “oscuro pueblo de Rosario”, Catalina no fue una espectadora muda de los hechos históricos. Al ser la hermana del amigo íntimo de Belgrano, y dado el pequeño tamaño de la población, es indudable que escuchó las acaloradas discusiones de la época, participó de los acontecimientos locales, y conversó seguramente con el insigne General en aquellos días decisivos.

La tradición oral, ese canal que transmite las verdades que los archivos oficiales a veces callan, sostiene que Catalina tomó del negocio de Pedro Tuella las telas necesarias: una de color azul celeste y otra blanca. Con aguja, hilo y una profunda convicción, unió ambos paños para confeccionar la primera bandera que identificaría a la patria naciente.

En aquel mundo que se transformaba, coser era una tarea estrictamente confinada al ámbito del hogar, una labor femenina desprovista de reconocimiento público. Sin embargo, en manos de Catalina, esa costura se convirtió en un acto patriótico de militancia y en un compromiso activo con el proceso de la Revolución.

A pesar de la trascendencia de su labor, la escritura conocida de la época le fue esquiva. El propio Manuel Belgrano no dejó constancia escrita de ese acto patriótico ni del compromiso de Catalina en sus documentos históricos. Tampoco se cuenta con un expediente militar escrito que certifique oficialmente que ella se encargó de la confección de la bandera. Este vacío de registros oficiales ha alimentado polémicas e incertidumbres historiográficas a lo largo del tiempo, relegando su figura al ámbito de la especulación o la tradición oral. 

Tampoco ayudó el momento histórico que le toco vivir, dice Félix A. Chaparro, en el capítulo sobre la distinguida rosarina de su libro Del pasado santafesino y americano: “El hecho fue documentado posteriormente por el prócer desde Jujuy en una afectuosa carta de agradecimiento, extraviada juntamente con otra valiosa documentación, en los luctuosos años de 1818 a 1820 en que Rosario soportó las invasiones porteñas”.

Y agrega: “A este respecto, D. Cipriano María Fernández, casado con Da. Natalia Vidal, hija única de Da. María Catalina, se presentaba en 24 de junio de 1857 a nombre de su madre política…y exponía: ´Está posesión y propiedad estaba muñida de las escrituras públicas y solemnes que desde tiempo inmemorial pasaban en poder de mi representada hasta el año 20 en que invadida esta provincia por las fuerzas armadas de Buenos Aires sufrimos el más violento despojo de nuestros intereses. El trastorno, el saqueo y arrebato causado por las fuerzas invasoras, recayó principalmente en este departamento de donde huyendo sus moradores para evitar la muerte, las casas eran destruidas y arrasadas por los invasores, quemando papeles y llevándose cuanto en ella se encontraban´”.

El paso de las hordas porteñas extinguió todo indicio de la creación de la bandera. Juan Ramón Balcarce al incendiar la ciudad de Rosario en 1819, no solo afectó el patrimonio material sino que también destruyó una parte importante del acervo cultural de la historia argentina. ¡Y tiene una de las principales calles de Rosario con su nombre! 

De aquella joven que desafió el silencio doméstico con su costura, hoy nos queda un único y conmovedor testimonio visual: una fotografía de María Catalina en su vejez. Esta imagen de anciana, difundida a través de investigaciones históricas locales, constituye el único registro físico de su fisonomía que sobrevive en la posteridad.

María Catalina Echevarría pasó a la historia de forma difusa, pero su legado permanece en cada costura de la identidad nacional. Recuperar su vida, desentrañar los rastros de sus acciones y darle el lugar que le corresponde en el centro de la gesta revolucionaria no es solo un acto de justicia histórica, es el desafío de volver a escribir el pasado con el pulso y la voz de las mujeres que lo hicieron posible.

Por Gustavo Battistoni
(Politólogo y escritor firmatense)

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