Firmat volvió a mostrar anoche una de sus contradicciones más repetidas. Mientras el clásico de fútbol se vivía como la fiesta popular que es, el cielo y los oídos de la ciudad pagaban otra vez el costo de la pirotecnia.
Las reglas son claras y conocidas por todos. La Ordenanza N° 1549 prohíbe la venta y el uso de pirotecnia con efecto audible, y la N° 781/94 sanciona la generación de ruidos molestos o excesivos. Pese a eso, a metros del Hospital General San Martín, el estruendo se escuchó sin matices.
El cuadro no es nuevo, pero no deja de hacer ruido. Hace unos años que la agrupación Corazones Valientes remarca el impacto que esto tiene en los chicos con autismo. Lo mismo sostienen los Bomberos Voluntarios y los proteccionistas de animales. Ante semejante despliegue, la pregunta cae por su propio peso: ¿las ordenanzas siguen vigentes o quedan en suspenso según la ocasión?

El folklore del fútbol siempre es bienvenido y el esfuerzo de los clubes por sostener la vida comunitaria es innegable. Sin embargo, en ciudades donde los lazos sociales son estrechos y los afectos se cruzan en cada esquina, a veces el límite de la fiscalización se vuelve difuso.
Quizás sea momento de recordar que las ordenanzas existen justamente para eso: para cuidar el equilibrio de todos, incluso en las noches donde la pasión busca ser la única protagonista.

Por Manuel Carreras







