El montañista y guía de Firmat, Máximo Cavallín, sumó un nuevo hito en la alta cumbre al concretar un exigente ascenso en solitario al volcán Tres Cruces Central, en Chile, a 6.629 metros sobre el nivel del mar. La expedición fue lograda el pasado 26 de junio, en una travesía que significaría el primer registro de un ascenso bajo la modalidad invernal y en solitario en dicha cumbre.
La expedición se puso en marcha exactamente con el inicio del solsticio de invierno para ganarle de mano a las tempestades de nieve. “Apenas empezó el invierno empecé la expedición, porque sabía que en cualquier momento se largaban las grandes nevadas. Luego, con toda la cantidad de nieve que cayó, hubiera sido imposible hacer ese ascenso”, detalló Cavallín en diálogo con El Correo.

Respecto a la decisión de encarar el volcán en estas condiciones extremas, el deportista firmatense remarcó a este medio: “A mí me gusta sentir la satisfacción de un ascenso que me exige, que no es fácil. Busco una vivencia que me deje una sensación de gratificación, y poder decir ‘¡qué bien que me salió esto, qué bien que lo resolví'”.
En una charla con El Correo tras completar este logro, Cavallín repasó los momentos de mayor tensión en la altura, los errores técnicos en el trayecto y la preparación psicológica necesaria para superar los -40 °C de térmica.

El control mental frente a los -40 °C de térmica y el entrenamiento diario
Las condiciones climáticas demandaron un rigor psicológico extremo desde el instante previo a armar el campamento de altura. “Llegué a montar la carpa con mucho frío. Me tenía que sacar los guantes para atar las varillas y dije ‘lo que va a ser esta noche’. En ese momento la cabeza te juega malas pasadas, pero una vez en el ascenso, apago los miedos y la incertidumbre, y me enfoco”, relató.

Su preparación responde a un cambio de vida clave: actualmente Cavallín está radicado en Malargüe, Mendoza, lugar al que se mudó justamente para estar cerca de la montaña, dedicarse de lleno a la actividad y habituarse al clima de cordillera. “Tener la montaña cerca me permite escaparme todos los fines de semana. Además, vivir ahí te habitúa al frío intenso y eso ayuda muchísimo”, explicó.

Durante la travesía en el día de cumbre, las bajas temperaturas obligaron a una marcha continua sin pausas para evitar cuadros de hipotermia. “Dentro de la carpa calculo unos 20 bajo cero, se congelaba todo adentro, las paredes de la lona tenían una capa gruesa de hielo. El día de cumbre hice una marcha donde no podía frenar. Tenía tres capas de pantalón y cuatro arriba con campera de pluma, pero si frenás más de cinco minutos dejás de producir calor y empieza el riesgo de hipotermia”, detalló.
El tramo crítico en el hielo y la logística en la base
En el plano técnico, el tramo final hacia la cima presentó una complicación severa por una cuestión en el equipamiento. “Cometí el gran error de no llevar crampones hacia la cumbre (los dejé en la carpa) y tuve que resolver un tramo de hielo duro inclinado donde la bota y los bastones no mordían. Había riesgo real de patinar, la pasé mal en ese momento y ahí sí se siente la soledad, porque no tenés a nadie para compartir esa incertidumbre”, recordó.

La travesía contó con el soporte clave en la base de Rayén (Guía de Turismo en Malargüe), quien aguardó en el vehículo a más de 5.200 metros de altura. “Ella se quedó en la chata esperándome y adentro se le congelaba el agua. Pasó un frío bárbaro, pero se la bancó”, destacó Cavallín sobre el apoyo en el terreno.

El Huascarán en pausa y la conexión ancestral
En cuanto al objetivo de completar los diez picos más altos de América, donde sólo resta el Huascarán en Perú, Cavallín aclaró que la cumbre peruana no está en sus planes inmediatos por la peligrosidad de la temporada actual. “Ya han muerto cinco personas en esta temporada, está super inestable el cerro. No es un proyecto que me vuelva loco ni que me desvele completar las diez”, sostuvo.
Para cerrar, el deportista dejó una reflexión sobre su método de fortaleza mental durante expediciones de este tipo: “A mí me ayuda conectar con nuestro lado primitivo, recordar que el humano sobrevivió a glaciaciones y temperaturas de 30 o 40 grados bajo cero. Eso está sepultado en nosotros y pensar así me ayuda a naturalizar el frío extremo”.

Por Manuel Carreras






