En el marco del Día del Maestro, las historias de vida que abrazan la educación con entrega y corazón cobran un significado especial. Una de ellas es la de Mónica D’Amico, una referente del Instituto Virgen de la Merced (IVM), donde dedicó gran parte de su vida a la formación de los más pequeños como maestra jardinera y, más tarde, a la capacitación de futuras docentes de nivel inicial. Hoy, ya jubilada de las aulas, continúa vinculada a la institución que la vio crecer como su Representante Legal.
La chispa de su vocación se encendió casi al mismo tiempo que sus primeros pasos. “Recuerdo desde muy pequeña —y mi familia o mis compañeros de la infancia lo pueden atestiguar— que jugaba en el patio de mi casa con un pizarrón. Los sifones de soda eran los alumnos que iba movilizando”, evoca Mónica con una sonrisa.
De su paso por las aulas como estudiante guarda los mejores recuerdos de sus maestras: “De cada una de ellas pude extraer algo: su pasión, su capacidad de enseñar, su amor y su afecto”.


La observación serena: la clave del “corazón docente”
Para Mónica, la docencia no es solo transmitir contenidos, sino aprender a mirar profundamente a cada estudiante. A lo largo de su carrera, entendió que cada niña y niño llega al aula con un mundo propio y necesidades únicas.
Entre sus memorias más queridas, atesora la historia de un alumno que llegó con la etiqueta de “hiperactivo” y “difícil para aprender”. Sin embargo, la empatía y la paciencia cambiaron el destino de ese niño. “Comencé a observarlo y permití que se expresara. Descubrí que, en realidad, tenía un grave problema de visión. Luego los padres lo llevaron al médico y notaron que veía muy poquito. Esa inquietud tenía que ver con una necesidad particular. Por eso creo profundamente en la importancia de la observación serena y en la mirada particular hacia cada uno de los estudiantes”, sostiene.
Esa filosofía resume lo que ella define como el “corazón docente”: un compromiso inquebrantable con el derecho de todos a aprender, donde el maestro actúa como un mediador que acerca el mundo a las infancias.


Un camino recorrido en comunidad
Recordar sus inicios evoca una mezcla de ilusión y valentía. “Aquella Mónica de su primer día de clases estaba cargada de sueños, amor y pasión, con el deseo de mirar a los ojos a sus alumnos y abrazarlos con ternura. Tenía temor a los desafíos, claro, pero sabía que era un camino que podía transitar y que nunca recorrí sola”, destaca, agradeciendo el acompañamiento de colegas, directivos, familias y, fundamentalmente, de sus alumnos.
Aunque reconoce que la profesión presentó momentos complejos y problematizadores, asegura que la confianza y el amor siempre primaron para superar cada obstáculo con alegría.
El reflejo de una vida dedicada a la enseñanza
Hoy, al caminar por las calles de Firmat, el reconocimiento y el cariño de la comunidad se hacen presentes a cada paso. “Me encuentro con muchos exalumnos que hoy son mamás, papás, enfermeros, administrativos, abogados o médicos, y me veo reflejada en ellos. Les agradezco a todos la oportunidad que me dieron”.
Con la perspectiva que dan los años y la satisfacción del deber cumplido, Mónica no duda ni un segundo al mirar hacia atrás: “Volvería a estudiar nuevamente para ser docente de nivel inicial. Me llevo muchísimo de cada paso dado”.

Por Elías Ferreyra






