Cada verano, cuando arrancan las pretemporadas, en muchos clubes todavía se están cerrando planteles, resolviendo cambios de último momento y definiendo si finalmente se participará o no de los torneos. Entrenadores y dirigentes intentan ordenar en pocas semanas lo que, muchas veces, no pudo planificarse con mayor anticipación, mientras los equipos ya empiezan a entrenar.
Y en ese escenario, donde muchas veces se busca recuperar el tiempo perdido, suele aparecer una idea que parece lógica, pero que no siempre da resultado: si hay poco tiempo, hay que exigir más para tratar de llegar.

Entonces vemos dobles turnos en categorías formativas, entrenamientos en pleno período de vacaciones, sesiones bajo temperaturas extremas, trabajos físicos sin un objetivo claro o propuestas que dicen buscar “fuerza y potencia”, pero que en realidad no desarrollan ni fuerza ni potencia.
Y la pregunta inevitable es: ¿estamos entrenando mejor o simplemente estamos cansando más?
Hace poco leí una reflexión de Martín Mackey, profesional argentino que aporta constantemente al deporte en general, que ayuda a ordenar esta introspección colectiva. Él plantea algo simple pero clave: el problema muchas veces no es la falta de esfuerzo, sino la falta de recuperación. El cuerpo no distingue entre la carga del entrenamiento y la de la vida diaria: todo suma.

La ciencia del entrenamiento lo explica desde hace décadas a través del modelo de supercompensación, popularizado por Tudor Bompa: las mejoras aparecen cuando al estímulo le sigue un descanso adecuado. Cuando esto no sucede y las cargas se acumulan, aparece la sobrecarga crónica y, en casos extremos, el síndrome de sobreentrenamiento, caracterizado por caída del rendimiento y mayor riesgo de lesión. Por eso, distintos autores coinciden en que entrenamiento y recuperación son partes inseparables del mismo proceso.
Si se puede pensar libremente, el deporte amateur tiene otra lógica: no todos somos profesionales ni tenemos que comportarnos como tales. Mientras el deportista profesional organiza su vida alrededor del entrenamiento (con tiempos planificados de descanso, alimentación y recuperación), el amateur suele acomodar sus entrenamientos entre el trabajo, el estudio y la familia. Por eso, cuando copiamos solo la parte dura del entrenamiento profesional, pero no el contexto que lo sostiene, el resultado suele ser predecible: deportistas cansados antes de empezar la temporada y cuerpos que se rompen antes de poder mejorar.

Y si a esas exigencias se suman chicos que en vacaciones duermen poco -porque justamente están de vacaciones-, cambian rutinas y además están en pleno crecimiento físico, o adultos que entrenan después de largas jornadas laborales, tiempo dedicado a la familia o horas de estudio por exámenes, no hace falta ser adivino para imaginar cómo termina la historia: fatiga, lesiones y, muchas veces, abandono del deporte.
A esto se suma la preocupación por deportistas que regresan de lesiones y entrenan igual que el resto del grupo, sin progresiones específicas ni trabajos diferenciados, lo que muchas veces termina en recaídas.

Pero también es justo reconocer que la mayoría de entrenadores y profesores trabaja con compromiso y con ganas de que sus equipos progresen. El desafío no es exigir menos, sino aprender a exigir mejor.
Quizás, después de la autocrítica que invito a hacernos, se puedan aplicar soluciones que no son tan complejas: comenzar las pretemporadas evaluando y testeando a los deportistas para conocer desde dónde parte cada uno; capacitarnos de manera constante sobre la actividad en la que trabajamos; generar más diálogo entre dirigentes, entrenadores y jugadores para acordar y planificar objetivos y cargas razonables; y entender que el crecimiento deportivo es un trabajo colectivo donde todos debemos remar para el mismo lado.

La pretemporada, bien planificada, puede ser uno de los momentos más valiosos del año: el tiempo ideal para construir bases físicas progresivas, corregir movimientos, prevenir lesiones y preparar a los equipos para sostener todo el año competitivo. No debería ser un período para romper cuerpos en febrero y dejar afuera lo que “no sirva”, sino para llegar fuertes y sanos, física y mentalmente, a la temporada.
La reflexión final es sencilla, pero exige responsabilidad: cada uno debe hacerse cargo de las decisiones que toma cuando planifica un entrenamiento, porque, especialmente en el deporte amateur, más no siempre es mejor. Muchas veces, mejor es simplemente mejor.

Por Juan Andrés García
(Profesor Nacional de Educación Física)






