Juan B. Justo no fue un economista de gabinete, encerrado en su biblioteca, sino un médico que decidió aplicar su ojo crítico al desarrollo social de la Argentina. Su ideario económico no nació de una especulación abstracta, sino de la necesidad urgente de restañar las heridas infligidas por la clase dominante a los trabajadores, y organizar una fuerza política capaz de transformar el país.

Aunque fue el primer traductor de El Capital de Marx al español, su pensamiento no fue una reproducción rígida del marxismo. Para él, como para José Carlos Mariátegui, el socialismo no debía ser ni calco ni copia, sino una creación adecuada a la realidad que le tocaba vivir. Se nutrió de diversas fuentes, y adaptó las teorías socialistas al contexto de una Argentina que crecía al ritmo de la inmigración y la agricultura.

Para el fundador del socialismo argentino, la economía debía tener una base ética y una finalidad clara: la liberación de los trabajadores. Sus ideas giraban en torno a una defensa férrea del salario real, el combate contra el latifundio improductivo, y una profunda desconfianza hacia los manejos financieros del Estado.

Su conocimiento de la materia, que era la de un autodidacto, era muy vasto, tal es así – y esto lo relata Raúl Prebisch– que fue candidato a decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

Su libro La Moneda, reúne su conferencia de 1903; su polémica con el profesor italiano Eteocle Lorini; un informe sobre la carestía; un estudio sobre el comercio internacional y los campos, y los debates sobre el tema en el Congreso de Diputados de la Nación. La formación de Juan Bautista Justo en materia económica, estaba fundada en sus lecturas de Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx, principalmente. También lo influenciaron autores notables como John Stuart Mill, Sismonde de Sismondi, y Karl Kautsky. Mi amigo e historiador Mario Glück, me hizo notar la importancia en su obra, de un economista muy olvidado, Thorold Rogers, que también influyó sobre la obra de Juan Álvarez.

En el corazón de su pensamiento económico latía una obsesión particular: la defensa del valor de la moneda. Justo percibía la inflación y la devaluación no como simples fenómenos técnicos, sino como herramientas de robo sistemático. Veía en la emisión de dinero sin respaldo una falsificación, comparable a las trampas de los príncipes de la Edad Media, que recortaban las monedas para quedarse con el oro. Señalaba sobre el tema: “Todo el que trabaje por la valorización de la moneda y el establecimiento de un régimen monetario normal, llenará la función política del momento”. El envilecimiento del papel moneda —un fraude persistente y sin límites— ha sido una maldición para el pueblo.

Su postura era clara y apasionada: la caída del valor de la moneda era una forma más de la explotación del asalariado. Denunciaba que los gobiernos de la oligarquía terrateniente depreciaban el peso a propósito. Los grandes estancieros vendían sus cosechas y ganados en oro (la divisa fuerte) al extranjero, pero pagaban los salarios en pesos desvalorizados. 

La devaluación permitía a los ricos aumentar sus ganancias mientras el pueblo veía cómo su dinero compraba cada vez menos pan y ropa. Observaba con agudeza: “Y una buena parte de la naciente burguesía industrial y agrícola, empeñada en el proceso de ´acumulación primitiva´, ve en el envilecimiento de la moneda, como en el olvido de toda ley protectora del trabajo, una forma de proteccionismo legítimo y aun indispensable en estos países”.

Concebía a la moneda como un fideicomiso elemental y una medida universal de valor, esencial para las relaciones humanas bajo el régimen de propiedad privada. Para él, el oro se alza como el patrón inmutable, una medida de los valores que es en sí misma un valor real y evidente, nacida con independencia del Estado. La destrucción del mercado monetario mundial, por parte de los Estados Unidos con la devaluación permanente del dólar, y la política de China de comprar ingentes cantidades de oro, vuelven sobre el tapete esta concepción monetaria ortodoxa. Karl Kautsky, en su estudio de 1912, Oro, papel moneda y mercancías, ha escrito sugerentes observaciones sobre este tema y su palpitante actualidad.

Consideraba al papel moneda, por el contrario, un simple signo de valor, una herramienta que, si bien puede ser benéfica para la comunidad, liberándola del costo del metal, y proveyendo fondos para la utilidad pública, se convertía fatalmente en un instrumento de desastre cuando era manipulado con fines oligárquicos. Recordemos que las ideas keynesianas todavía no habían aparecido en el debate económico. Agudas y  contrarias observaciones a las ideas monetarias de Juan B. Justo, encontramos en el libro Vida y milagros de nuestro peso, de ese gran olvidado que es Enrique Silberstein.

La Ley de Conversión de 1899, lejos de ser una solución, fue desenmascarada como una valla infranqueable a la valorización del papel, una maniobra política para mantener el valor del peso papel en 44 centavos oro, asegurando un gran margen de utilidades a los señores miembros de la Sociedad Rural, y exportadores que vendían sus productos a precio de oro. 

No dudaba en calificar a estas emisiones excesivas como una simple forma de robo, un despojo que confiscaba la riqueza del pueblo. La inflación rampante es el impuesto más inicuo que recae sobre los asalariados, sin dudas. Los bancos eran cómplices y beneficiarios de esta inflación, viendo sus depósitos crecer y sus deudas reducirse con moneda envilecida. Las consecuencias se extendían a la paralización de la inmigración, que rehuía una tierra donde el ahorro era imposible y el trabajador era visto como carne de impuesto y explotación.

Justo insiste en la adaptación de los salarios al costo de la vida, proponiendo un número índice del costo de la vida obrera, para proteger el poder adquisitivo de los trabajadores. En el ámbito agrícola, su visión abogaba por tierra barata, y leyes civiles y sociales que dieran estabilidad a los arrendatarios, así como la educación de los futuros agricultores para fomentar una producción robusta y técnicamente eficiente. Criticaba la financiación estatal de industrias oligárquicas como la del azúcar y el vino, protegidas por derechos de aduana exorbitantes y emisiones locales de mala moneda, a expensas del consumo popular.

Dedicó un significativo esfuerzo a demoler el enmarañado e incoherente tejido de fantasías y errores, del profesor Eteocle Lorini, quien en su trabajo, La Repubblica Argentina e i suoi  maggiori problemi di economía e di finanza, elogiaba sin tapujos la ley de Convertibilidad de 1899. Con su teoría del numerario-signo, pretendía justificar la anomalía monetaria argentina. 

Para Justo, la noción de una moneda sin valor intrínseco que operaba en un mercado cerrado era un absurdo inconcebible, una ilusión concebida por una pedantesca ciencia para la exportación que ignoraba la realidad de que los precios argentinos se fijaban en oro en el mercado universal.La refutación de Lorini era una afirmación de la verdad y la salud monetaria, basada en los clásicos de la economía.

Planteaba el fundador del Partido Socialista Argentino: ¿No es claro que el alza del oro beneficia a los arrendatarios y la baja a los propietarios que habían contratado los arriendos en pesos papel?… ¿no ha sucedido aquí, como siempre y en todas partes en casos semejantes, que ceteris paribus, el precio que subió más despacio fue el salario, el precio de la fuerza de trabajo?”. Y concluye, acusando a Lorini de negar “lo que todo el mundo sabe: que el envilecimiento del peso papel ha sido para el pueblo trabajador una causa de ruina y miseria”.

Para Justo, el buen salario era inseparable de la buena moneda. Entendía que cualquier aumento nominal de sueldos, conseguido mediante huelgas, se volvía humo si el Estado envilecía el signo monetario. Por eso, luchó incansablemente por la estabilidad monetaria y el retorno a la conversión, viendo en la inflación un impuesto invisible que devoraba el bienestar de las familias obreras.

Su reclamo por la estabilidad del valor de la moneda no era un capricho clasista, sino una lucha directa contra el fraude y el despojo de una política reaccionaria que utilizaba la moneda como fuente de rentas fiscales espúreas, y para manipulaciones de negociantes sin escrúpulos. 

La autoridad pública, para Juan B. Justo, no podía construirse sobre promesas vacías, sino sobre la verdad de una moneda estable, y una administración eficiente y honesta. Lección que los argentinos, lamentablemente, seguimos sin aprender.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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