El bochornoso espectáculo ofrecido por el Poder Legislativo de nuestro país a propósito de la discusión de la esclavista ley laboral es una comprobación irrefragable de la espantosa caída en la calidad de nuestras instituciones. A casi 100 años de la muerte de Juan Bautista Justo, recordar las luchas e ideas de quien ennobleció la tarea legislativa, nos parece un deber cívico. 

Estudiemos con detenimiento su concepción de la historia, desarrollada principalmente en la primera parte de su libro más importante, Teoría y Práctica de la Historia, de 1909. Su introducción y el primer capítulo del texto, La base biológica de la historia, revisten especial interés para nuestro objeto. Muy lejos de la chismorrería académica, nos enseña que la Historia es la aventura del hombre que trabaja y transforma la realidad.

Su visión de la historia nace de una concepción ética: “Para llegar a la verdad histórica preciso es querer descubrirla en toda su desnudez, militar del lado donde no hay privilegios que disimular ni defender”, y agrega: “Para comprender la historia, hay que hacerla”.La verdadera historia la hacen los héroes anónimos: la masa laboriosa del pueblo que trabaja, sufre y crea la riqueza social.

La historia comienza realmente cuando el ser humano, inicialmente indefenso, se une a otros y crea la técnica para vencer al medio físico. Así, la evolución humana se entiende como una escalera que sube desde la base biológica, pasando por la técnica y la economía, hasta llegar a las cumbres del arte, la ciencia y la libertad.

Para Juan B. Justo, la historia no es un cuento de hadas sobre reyes y dioses, ni una serie de accidentes caprichosos, sino el gran relato de la vida humana en constante movimiento y transformación. Su concepción se puede desarrollar como un viaje que va desde lo más básico de nuestra naturaleza animal hasta la conquista inteligente de nuestra humanidad. De la comunidad primitiva, esta destructiva etapa actual que es el capitalismo, y el necesario cooperativismo para salir de la crueldad imperante, como nos enseña Rosa Luxemburgo en su obra Socialismo o Barbarie.

Todo comienza con la vida misma. Nos recuerda que, antes que nada, somos seres vivos, parientes de los demás animales, y que nuestras raíces están hundidas en la biología. Al igual que en la naturaleza, el primer impulso de la historia es el hambre y el sexo: la necesidad de nutrirnos y de reproducirnos.

 La historia se apoya sobre esta base biológica, donde la lucha por la existencia y la adaptación al medio son las primeras leyes. No somos ángeles caídos del cielo, sino el resultado más alto de una larga evolución orgánica. Pero el hombre se separa del animal cuando deja de aceptar el mundo tal como es y empieza a modificarlo con su inteligencia. Aquí nace propiamente la historia: cuando el ser humano crea la técnica.

 Es el momento en que la mano empuña una herramienta, desde la piedra tallada hasta la computadora, para dominar la naturaleza. La historia humana es, en gran medida, la historia de cómo trabajamos, y de cómo inventamos medios para vivir mejor, superando las limitaciones de nuestro cuerpo. Es la creación de un mundo artificial y técnico sobre el mundo natural. El inmarcesible estudio de Federico Engels, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, es el fundamento de esta concepción histórica.

Al trabajar y crear técnicas, los hombres no están solos; necesitan unirse. De estas necesidades nacen las relaciones económicas, que son la forma en que nos organizamos para cooperar y producir. Sin embargo, esta cooperación no siempre ha sido libre. La historia nos muestra cómo, a través de la propiedad y el poder, unos hombres han sometido a otros: la esclavitud, la servidumbre y el salario, son formas en que los que tienen la fuerza o la riqueza viven del esfuerzo de los que trabajan.

Nos afirma con agudeza, en el capítulo La base biológica de la historia, de Teoría y práctica de la Historia: “La especie humana es la única que practica y sufre el parasitismo en su propio seno; es preciso elevarse hasta ella para encontrar clases enteras de individuos que sustraen a los otros medios de subsistencia, sin servir para nada a ellos ni a la especie. Su prototipo, el propietario ocioso que vive de rentas, hospeda cómodamente lacayos, como parásitos secundarios”. Notable radiografía que podemos observar a lo largo y a lo ancho de nuestra Pampa Húmeda.

La concepción histórica de Juan B. Justo es un llamado a la acción política. Nos dice que durante siglos los pueblos han padecido la historia, marchando a ciegas empujados por fuerzas que no comprendían. Afirma: “En último término, toda miseria colectiva puede ser explicada por la incapacidad del pueblo para la lucha colectiva por la vida, para aumentar sus medios de subsistencia en proporción a sus crecientes necesidades, organizando el trabajo de modo productivo y librándose de toda expoliación nacional o extranjera”.

Al comprender las leyes que mueven la sociedad (como comprendemos las leyes de la física), podemos dejar de ser juguetes de la fatalidad. La meta es que el pueblo deje de actuar por instinto y comience a modelar su propio destino con inteligencia. Se trata de pasar de la lucha ciega a la cooperación libre y consciente, construyendo una democracia real, donde la técnica y la ciencia sirvan para la felicidad de todos, y no para el privilegio de unos pocos.

Para Juan B. Justo, en síntesis, la historia humana es el ascenso del hombre desde la necesidad biológica hacia la libertad consciente, una obra que debe ser realizada por la clase asalariada. Debemos alejarnos de la ominosa lógica del mercado para mudarnos a una inteligente cooperación libre entre los ciudadanos.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

Abrir mas artículos relacionados
Abrir mas en  Historia
Comments are closed.

Ver tambien

Conexión firmatense en Europa: el fotógrafo Tomás de la Vega retrató a la Selección de Dinamarca bajo la gestión de Mauricio Chicola

El mundo se vuelve pequeño cuando dos firmatenses se encuentran a miles de kilómetros. Lo …