La sanción de la ominosa ley laboral, con la participación de gran parte de la clase dirigente, y el quietismo cómplice del sindicalismo burocrático, más preocupado en sus negocios que en la defensa de los trabajadores, ponen sobre el tapete las reflexiones de Juan Bautista Justo sobre el gremialismo proletario y su función en la sociedad moderna.

El fundador del Partido Socialista, dedicó un capítulo de su obra más importante, Teoría y Práctica de la Historia, para analizar en profundidad la función de los sindicatos y organizaciones obreras en la defensa de los trabajadores. Jacinto Oddone, un denodado historiador proletario, le dedicará un destacable libro al tema, siguiendo el camino trazado por su maestro: Gremialismo Proletario Argentino. Además, siendo Diputado Nacional, en 1918, presentó un Proyecto de Ley sobre Asociaciones Gremiales de los Trabajadores.

El gremialismo proletario es analizado como un primer despertar, casi reflejo, de la clase trabajadora frente a la dureza y opresión del capital. Este movimiento es un lazo de hermandad que nace de la cooperación en la fábrica. Los obreros, al verse unidos frente al patrón, se dan cuenta de que el origen de su pobreza y servidumbre es que no son dueños de las máquinas, ni de las tierras que trabajan con tanto esfuerzo.

A diferencia de los viejos gremios de artesanos de la Edad Media, donde el aprendiz soñaba con heredar el taller y convertirse en maestro, el sindicato moderno agrupa a hombres que saben que solo poseen para vender su fuerza de trabajo. Hay un atisbo de La Ayuda Mutua de Piotr Kropotkin, en la mirada sobre las relaciones gremiales y su implicancia humana, en este adversario del anarquismo.

Pero la unión frente a la moderna división del trabajo es diferente a las formas feudales de producción, tiene una perspectiva más amplia. El gremialismo moderno es una ola viva, que se adapta constantemente a los cambios de las máquinas y de los tiempos. Dice en el capítulo sobre el Gremialismo Proletario, de su obra más conocida: “La organización gremial proletaria sigue en su desarrollo las grandes líneas que le marcan, por una parte, su carácter de entidad igualitaria de lucha, y por otra, la necesidad de su extensión y consolidación nacional e internacional”.

Para defender su pan, su salud y su familia, la clase trabajadora forja sus propias armas de clase. La primera y más natural es la huelga, que él define  como una solidaridad para no hacer. Es el acto en el que los trabajadores cruzan los brazos al unísono para que el mundo escuche su protesta. Cuando esta unión obrera se hace verdaderamente fuerte, da paso a la negociación colectiva con el empresariado. 

Afirma con acierto: “La huelga es la primera forma colectiva de la moderna lucha de clases, la manifestación primordial de la solidaridad proletaria, solidaridad para no hacer, propia de hombres que comprenden su situación de clase explotada, sin ser todavía capaces de abolir la explotación”. De la fuerza de la clase social y su conciencia, los  obreros y patrones se sientan frente a frente, como iguales, para fijar salarios y descansos justos, logrando que el progreso industrial no aplaste al ser humano.

 Aunque el gremialismo levanta el espíritu del pueblo y saca al obrero de la sumisión ciega y callada, su incidencia tiene un límite. El sindicato es, por naturaleza, un escudo para resistir y defenderse, lo que a veces lo obliga a usar tácticas coercitivas. Plantea: “Grande es la trascendencia histórica del gremialismo proletario. El levanta material e intelectualmente a la moderna clase servil y la saca de la pasividad y la inconsciencia para hacer de ella un poderoso propulsor de la evolución social. La acción revolucionaria del proletario sería, sin embargo, bien limitada si se encerrara en las normas de la lucha propiamente sindical”.

Para alcanzar la verdadera libertad, y construir un mundo nuevo, bajo el signo del Socialismo, el trabajador no puede quedarse únicamente en la lucha defensiva de su oficio, debe elevar su mirada, entrar con valentía en la arena política y abrazar la cooperación libre, tomando por fin las riendas de su propio destino para que, algún día, la riqueza y los medios de trabajo sean un patrimonio de todos. “Para reforzar, pues, su poder coercitivo, sacándolo del campo de la violencia directa, entra la clase trabajadora con fines propios en la acción política, que da doble eficacia a sus esfuerzos”. 

La clase trabajadora debe entrar a la política porque el gremialismo obrero, aunque es la forma inicial y genuina de la lucha de clases, tiene grandes limitaciones. La acción sindical se basa principalmente en la huelga y en la violencia, lo cual muchas veces entra en conflicto directo con la ley burguesa, y no permite poner en juego las aptitudes más altas del proletariado. Al llevar sus reivindicaciones al terreno político, el pueblo trabajador saca su lucha del campo de la acción directa, y le da una enorme eficacia al plasmarla en la ley.

A diferencia de Lenin, que proponía en su libro ¿Qué Hacer?, que las ideas de transformación llegarían por afuera de la conciencia gremial reformista, Juan B Justo consideraba que la organización proletaria iba desarrollando en su misma praxis, formas organizativas superiores. También destaquemos su lucha contra las ideas del Sindicalismo Revolucionario y el Anarquismo, muy en boga por aquella época.

La clase capitalista ha demostrado no poder dirigir la evolución histórica por sí sola, generando un sistema lleno de desorden, crisis periódicas, desocupación forzosa y destructivos monopolios. El desarrollo técnico-económico ha capacitado al proletariado para asumir funciones más altas y formas superiores de lucha. A diferencia de los convenios sindicales, las leyes tienen resultados mucho más vastos y uniformes. La acción política permite sancionar leyes que protegen contra la explotación capitalista, incluso a aquellos obreros que no están organizados, o no pueden defenderse por sí mismos.

La importancia del paso del gremialismo proletario a la acción política estriba en que deja de ser servil una clase que gobierna. A través del sufragio universal y su participación en el gobierno, el pueblo trabajador deja de ser pasivo, se educa para la acción histórica y avanza hacia la socialización de los medios de producción. Si los capitalistas y terratenientes se organizan políticamente para disputar el poder y el gobierno en su provecho, con mucha más razón deben hacerlo los trabajadores, que no tienen más recursos que su fuerza social productiva.

La incursión en la política es el paso indispensable para que el trabajador no dependa políticamente del capital, logrando imponer desde el Estado las reglas para una cooperación libre, condiciones humanas de trabajo y un progreso social inteligente. Cuestiones esenciales en este momento de retroceso social e histórico sin precedentes en nuestro querido país.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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