La historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata suele contarse a través de los grandes generales, de las batallas y de las intrigas de puerto. Sin embargo, en la Santa Fe de principios del siglo XIX, se gestaba una revolución silenciosa y más humana. 

Aquella Santa Fe, como bien lo retrató con precisión el historiador cordobés Roberto Ferrero, albergaba a una población de hombres y de mujeres “pobres y sacrificados, gente gaucha de una provincia que no había tenido riquezas metálicas como el Alto Perú o indios encomendados como el interior argentino”.

En medio de esa realidad desprovista de metales preciosos, pero colmada de orgullo, creció un sentimiento de pertenencia profundo por el terruño nativo, alimentado por la indiferencia de la lejana capital virreinal y la necesidad constante de defender las fronteras. 

En esa geografía existencial se formó Mariano Vera, descendiente de una antigua familia local, quien con los años sería bautizado con ojo agudo por Juan Manuel de Rosas bajo un mote que definiría su existencia entera: “el empecinado”, porque, en palabras del propio Rosas, “vivió y murió luchando”.

La trayectoria pública de Mariano Vera comenzó a consolidarse en 1812, cuando a los 35 años de edad fue designado Procurador de la ciudad. Su compromiso con el terruño se intensificó al año siguiente al ser nombrado Capitán de Milicias, y para 1815, en pleno hervor revolucionario, se desempeñaba como Secretario del Cabildo. La historia de la provincia estaba a punto de dar un vuelco definitivo.

Tras declararse la autonomía de Santa Fe respecto a Buenos Aires en 1815, bajo el breve mandato del primer gobernador, el artiguista Francisco Antonio Candioti, el territorio santafesino sufrió la invasión y ocupación militar de las tropas directoriales comandadas por Juan José Viamonte. Fue en marzo de 1816 cuando, con el auxilio de las fuerzas de José Gervasio Artigas, las tropas santafesinas lograron expulsar al invasor y derrocar al gobernador impuesto, Juan Francisco Tarragona. En ese escenario de reconquista y soberanía recuperada, Mariano Vera asumió la gobernación de la provincia.

Su mandato estuvo signado desde el primer instante por el acecho. Nuevas invasiones, planificadas y enviadas desde el Congreso de Tucumán, intentaron asfixiar la autonomía provincial. Sin embargo, logró mantener a raya a los enemigos del federalismo valiéndose únicamente de los menguados recursos locales. 

La tenacidad santafesina asombró al propio Artigas, quien en una carta dirigida al gobierno de Corrientes elogió la resistencia local diciendo: “Nada ha podido adelantar Buenos Aires contra el infeliz pueblo de Santa Fe, aún apurándolo en los momentos más críticos en que no hemos podido socorrerlo. Tal es el carácter de un pueblo que ama su libertad, ansioso de sostener sus derechos”.

Gobernar en tiempos de guerra civil suele reducir la gestión pública al mantenimiento de los ejércitos. No obstante, Mariano Vera entendió que la verdadera autonomía no residía únicamente en la fuerza de las bayonetas, sino en la dignidad de las personas que habitaban su suelo. 

A pesar de las urgencias militares y de la brevedad de su mandato, coordinó con el Cabildo santafesino la creación de una escuela en el Colegio de los Mercedarios, veló por la seguridad de las fronteras ante el peligro de los malones y, en un gesto extraordinariamente avanzado para su tiempo, impulsó medidas pioneras para la manumisión de los esclavos.

Su política fue la continuación santafesina de lo establecido por la Asamblea del año XIII que dictó la libertad de vientres de las esclavas, expresión que se usaba para decir que sus hijos e hijas nacerían libres, y puso fin al tráfico de esclavos.

El pensamiento político de Vera distaba del aislamiento egoísta. Su visión era la de una unión de iguales, tal como lo dejó asentado en una célebre correspondencia enviada a Martín Miguel de Güemes, donde afirmó que “el pueblo de Santa Fe es una de las provincias de la unión que gobernada por sí coadyuvará, como ya lo ha hecho, con todos sus esfuerzos a la causa americana y cuanto conduzca al adelantamiento común”.

 En esa misma misiva, el gobernador santafesino fue claro en señalar que la provincia solo reconocería a las autoridades que garantizaran su libertad, sentenciando que Santa Fe buscaba “la verdadera unión que nos haga a todos proporcionablemente felices”, prefiriendo “terminar con honor su existencia política antes de condescender con una humillación”.

La medida más revolucionaria y con mayor sensibilidad humana de la administración de Mariano Vera ocurrió a fines de 1816. El gobernador meditaba hondamente sobre cómo beneficiar a la población que le tocaba presidir. 

Sabía que la esclavitud era una herida abierta en el corazón de la joven patria y que los mecanismos para que un esclavo obtuviera su libertad eran casi inalcanzables debido a la extrema pobreza y al costo de las tasaciones.

El 12 de diciembre de 1816, tras proponer su idea a la asamblea representativa de la provincia, esta acordó establecer con fuerza de ley provisoria una medida inédita: la creación de un fondo estatal para amortizar la libertad de los esclavizados. El decreto establecía que el Estado de Santa Fe abonaría exactamente un tercio del precio en el que fuera tasado legalmente todo esclavo o esclava que manifestara el deseo de comprar su libertad.

El financiamiento de este beneficio demostró una gran agudeza administrativa: ese tercio pagado por el erario público se amortizaría en la Aduana a cuenta de derechos de importación o exportación. Para ello, el Estado emitía un documento oficial equivalente a dicho tercio, el cual era endosable y podía circular legalmente entre los comerciantes como si fuese moneda corriente. 

Con este diseño regulatorio, Vera disminuía drásticamente el ahorro que el esclavo debía reunir (reduciéndolo en un 33%), sin confiscar el patrimonio de los propietarios de forma violenta y utilizando la actividad aduanera como motor de la emancipación humana.

La Ley del Tercio no fue un mero ejercicio retórico; transformó de inmediato las vidas de hombres y mujeres de carne y hueso que habitaban la provincia. Muchos años después la gran escritura Lina Beck-Bernard dirá del denuedo de los santafesinos en pos de la eliminación de la esclavitud: “Para las mayorías de las familias, la liberación de los esclavos ha significado una completa ruina…la esclavitud en estos países, no revistió los caracteres de crudeza y crueldad que ofrece en los Estados Unidos”. Son palabras de elogio de la primera mujer que estudió la vida de las mujeres en las cárceles de Europa.

Mariano Vera entregó su vida defendiendo la autonomía provincial y la igualdad humana. Su Ley del Tercio permanece como un testimonio luminoso de que la soberanía de los pueblos debe cimentarse en la abolición de toda opresión.

Por Gustavo Battistoni
(Politólogo y escritor firmatense)

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