Cuando se habla de Federalismo en nuestra República, en general se hace referencia a temas económicos y políticos, pero sin profundizar en uno de nuestros principales problemas, que es la falta de un verdadero federalismo cultural, que rompa con la lógica porteño-centrista en materia de información, consumos culturales, y otras tantas cuestiones.

Buenos Aires, por merito propio es y seguirá siendo durante bastante tiempo, la principal usina  de contenido e innovación en esta materia, pero la desproporción de lo que se produce en CABA con respecto a lo que conocemos los litoraleños de lo que se genera en las restantes provincias, es preocupante.

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En materia histórica, pasa exactamente lo mismo. Los santafesinos, por ejemplo, conocemos muchísimo de Mitre, Rosas, Dorrego, y de todo lo ligado a la ciudad de Buenos Aires, pero nuestra ignorancia de las historias de Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Chaco y Santiago del Estero, provincias colindantes, es alarmante. Ni que hablar de lo que desconocemos, reitero, de las demás provincias de la República.

Por eso no es casualidad, que esa ignorancia supina, conduzca a que una de las principales arterias de la querida ciudad de Rosario, lleve el nombre de un porteño que la quiso destruir. En el marco de los enfrentamientos entre el gobierno centralista de Buenos Aires y las provincias federales, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón envió al Ejército de Observación, comandado por el general Juan Ramón Balcarce, para invadir Santa Fe y doblegar a las fuerzas de Estanislao López.

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Dice Ramón Lassaga en su clásica Historia de López: “¿Cuál fue el objeto de la causa de la invasión de Balcarce a Santa Fe? Someter a esta provincia al poder centralizador de Buenos Aires y dar un golpe de muerte a su independencia local, aprobada por el General Díaz Vélez en el tratado firmado en Santo Tomé y que lleva fecha del 9 de abril de 1816. Sin vida propia y sujeta al poder directoral perdían las provincias de Entre Ríos y Corrientes una de sus aliadas, y de esta manera debilitada la Liga Federal podía Buenos Aires someterla con suma facilidad”.

A fines de 1818, Balcarce logró ocupar la entonces Villa del Rosario. Sin embargo, las tropas santafesinas de López cercaron la posición y hostigaron continuamente a las fuerzas porteñas mediante tácticas de desgaste y guerra de guerrillas. Al verse obligado a replegarse hacia Buenos Aires y no poder sostener el terreno, el ejército de Balcarce aplicó una táctica de tierra arrasada: ordenó el saqueo e incendio de la comunidad, destruyendo la mayor parte del poblado antes de abandonar la zona.

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Es sugestivo que Bartolomé Mitre en el capítulo XXXVIII de su Historia de Belgrano y de la independencia argentina, describa la retirada de Balcarce sin hacer mención al saqueo y a la destrucción de la localidad. Como bien afirma el Martín Fierro, olvidarse de algo es también tener memoria… Comparemos además la conducta del ejército porteño con la actitud de las Montoneras Litoraleñas después de la Batalla de Cepeda en su estada en Buenos Aires, y comprenderemos bien quienes fueron los bárbaros y los civilizados en la historia argentina.

La disputa entre santafesinos y porteños fue una batalla encarnizada que duró un largo lapso de tiempo. Nos comenta Leoncio Gianello, en su Historia de Santa Fe: “Diariamente atacaron los santafesinos a los atrincherados porteños; durante casi un mes fue Rosario encarnizado campo de combate, hasta que el 29 de enero los santafesinos vieron con asombro e indignación que rasgaban la noche los grandes ramalazos de las llamas… ¡Rosario había sido incendiado! Y mientras el fulgor de aquella gran hoguera coloreaba con su reflejo de bochorno las aguas del Paraná, por éste marchaban, río abajo los soldados de Balcarce en la Escuadrilla de Buenos Aires”.

Manuel Cervera en su inoxidable Historia de la Ciudad y Provincia de Santa Fe, agrega también al respecto: “Balcarce sin firmeza demostraba intenciones de retirarse; y aunque el Director oficióle el 27 de enero, que se conservara en el Rosario, pues había nombrado al General Viamonte para sucederle en el mando, antes de recibir esta orden, el 31 de enero, replegábase a San Nicolás. Dejando tras de sí, incendiando y arruinando el pueblo de Rosario”. 

Agregamos también la opinión de un gran historiador rosarino. En su notable Ensayo sobre la Historia de Santa Fe, afirma Juan Álvarez: “(López), defendióse como pudo contra el ejército de Buenos Aires (Balcarce) que tomó a Santa Fe e incendió el Rosario dando prueba de una ferocidad digna de pieles rojas”.

Hasta el día de hoy se discute si la calle que lleva el nombre del incendiario y saqueador corresponde a él, o a Antonio González Balcarce, que fue Director Supremo por unos meses. La ordenanza de la Municipalidad de Rosario, número 3, que estableció ese infausto apellido para la vía, solo dice Balcarce. La misma ordenanza instituye el nombre a apellidos compuestos como Vera Mújica y Vélez Sarsfield, así que no se comprende que si la intención fue darle el nombre de González Balcarce, solo se la llamó en la ordenanza, Balcarce, a secas.

Además de Antonio, Director de las Provincias Unidas, recordemos por su importancia histórica, a otro González Balcarce: Diego, un patriota que acompañó a Manuel Belgrano en las Batallas de Salta y Tucumán. Con esto solo queremos reafirmar que el apellido González Balcarce no se presta a confusión con el de Juan Ramón, el pirómano y destructor de Rosario.

Como la Argentina fue modelada con el imaginario mitrista en lo cultural, mediante la colonización pedagógica, no es improbable que la ordenanza de 1905, quisiese hacer un homenaje a un enemigo jurado de Juan Manuel de Rosas, a quien traicionó con alevosía. Recordemos también que esa norma ponía el nombre de General López a una calle, modificada por la ordenanza número 14 de 1923, por orden del Intendente Emilio Cardarelli, personaje al que, sin dudas, el Brigadier General no le caía nada bien, ya que la hizo cambiar de nombre al otro día de asumir la intendencia rosarina.

A la colonización cultural extranjera, los provincianos enfrentamos, además, un colonialismo pedagógico interno que devino de la estructuración del país después de la derrota histórica de la Batalla de Pavón. La reivindicación de la figura de Artigas y de su estela federal, es un excelente punto de apoyo para recomenzar, una vez más, la necesaria tarea emancipadora.

Por Gustavo Battistoni
(Politólogo y escritor firmatense)

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