Plegó con cuidado la hojita de papel, gastada ya por sus manos y el metódico acto de doblar y desdoblar infinidad de veces. La letra, de una caligrafía tosca, le traía añoranzas de un lugar y un tiempo perdidos. Ese pedazo de papel, insignificante para los demás, era su trinchera en aquella guerra invisible que libraba todos los días contra la desesperanza y el dolor.

Había salido de Polonia con un puñado de sueños: la promesa de un matrimonio próspero y un futuro venturoso. Pero pronto se esfumaron por completo con la niebla del puerto de Buenos Aires. Un océano de dolor la separó de todo lo que conocía y amaba.

Guardó la carta en el fondo del alhajero junto con las perlas falsas y los aretes de fantasía.

La voz pesada y rotunda del cafishio la trajo de regreso al Gato Negro: —¡Dale, papirusa, no hay que hacer esperar a los clientes!

Por Vanesa Tejada Costa
(Escritora)

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