El modo de producción capitalista, a pesar de su retórica, es una economía profundamente improductiva. Como ejemplo de esto, analicemos el notable planteo que hizo Juan B. Justo, hace más de cien años, sobre el papel de la renta de la tierra y del interés, y que goza de muy buena salud en el mundo contemporáneo.
En el escenario de la historia moderna, para el fundador del Partido Socialista, el privilegio ya no viste las pesadas armaduras del señor feudal, ni se impone por la mera fuerza brutal de la espada. Se ha vuelto una red invisible, que se oculta bajo el manto protector de la propiedad privada. Toda su obra es una denuncia de los privilegios de clase, pero en particular el tema está tratado en su conferencia de 1902, El impuesto sobre el privilegio, luego publicado en folleto, y en su obra Teoría y Práctica de la Historia.

Su manifestación más pura, evidente y excluyente, es la renta de la tierra. Esta es un tributo fantasmal, herencia directa de las exacciones de los antiguos señores feudales, que el terrateniente de hogaño cobra por el simple hecho de poseer un título de propiedad. Es un beneficio que brota sin que el dueño mueva un dedo, nacido de las bondades inorgánicas del campo, del sol que lo calienta, del aire que lo cubre, o de la lluvia que lo fecunda.
A medida que la especie humana se multiplica y las ciudades se agigantan, esta renta sube como una marea silenciosa. Los terrenos se vuelven inmensamente valiosos por la mera aglomeración, el tránsito y el esfuerzo laborioso de la comunidad que los rodea. El trabajo de la colectividad laboriosa va al bolsillo de una clase improductiva y parasitaria.

Afirmaba nuestro biografiado que así se enriquecía el propietario ausente, aquel que muchas veces vivía, rodeado de lujos en París gracias a las rentas y su forma dineraria, que le enviaban desde las lejanas y fecundas tierras de la Pampa, de las cuales quizá ni siquiera conocían muchas veces su ubicación. “Tiraban manteca al techo”, mientras la peonada se moría de hambre. Eran los “tiempos de la república”, tan añorados por nuestra clase dominante.
La renta del suelo actúa, ayer como hoy, como un tributo invisible que encarece la vida y la vivienda urbana, concentrando los beneficios del desarrollo y el trabajo colectivo de la ciudad, en manos de unos pocos propietarios pasivos. La nueva ley de alquiler no hace más que agravar un estado de cosas insoportable. Federico Engels, en su trabajo Contribución al problema de la vivienda, ha dejado inmarcesibles reflexiones sobre este tema.

En el capítulo Las formas típicas del privilegio, de su obra Teoría y Práctica de la Historia, afirmaba: “Como expresión de la supremacía política de la clase propietaria, la moderna propiedad privada de la tierra y demás medios de producción se acompaña de un privilegio tradicional y hereditario, ajeno a toda actividad productiva y diametralmente al salario”. Y continúa desarrollando: “La renta, inherente a la propiedad del suelo y otros medios naturales de vida y de trabajo, y el interés, participación del capital en las ganancias obtenidas por los que manejan la producción y el cambio, son las formas más generales de ese privilegio, formas cambiables entre sí, valuándose la propiedad raíz en un capital que dé una suma de interés más o menos igual a la que da de renta”.
La renta de la tierra y sus características, ha sido estudiada por Carlos Marx en el tercer tomo de El Capital, camino que continua en su obra su discípulo Juan B. Justo: “Lo característico de la renta del suelo es que bajo las condiciones en que los productos agrícolas se desarrollen como valores (como mercancías) y bajo las condiciones de la realización de sus valores, se desarrolla también la capacidad de la propiedad territorial para apropiarse de una parte cada vez mayor de estos valores creados sin intervención suya, convirtiendo así en renta de la tierra de una parte cada vez mayor de la plusvalía”.
Junto a la tierra, sostenía el fundador del socialismo argentino, florece el privilegio de la riqueza mobiliaria a través del interés. A diferencia de lo que enseñaban los complacientes teóricos burgueses, el dinero no engendra dinero por arte de magia, ni es un premio a la virtud de la abstinencia, o a la “espera”. Decía con su incomparable agudeza Francisco de Quevedo, en su libro Vida de Marco Bruto: “El señor perpetuo de las edades es el dinero; o reina siempre, o quieren que siempre reine”. Nada ha cambiado en esencia, solo las víctimas y los victimarios del drama social.
El interés es, en realidad, el fruto amargo de una relación histórica de sometimiento. Nace porque en la sociedad existen unos pocos dueños de los medios de producción y una inmensa masa de hombres desposeídos, obligados a trabajar para ellos. Es la porción más segura y tranquila de las ganancias, un tributo constante que el prestamista o el rentista recibe sin mancharse las manos, sin esfuerzo, y sin afrontar los riesgos de la producción.
Rebatiendo las falacias de la Escuela Austriaca, en particular la obra Capital e Interés, de Eugen Bohm Bawerk, sostenía: “El interés no resulta de las cosas, sino de una relación histórica de sujeción entre los hombres, de la existencia de una clase gobernante acaudalada y de una clase trabajadora servil. El capital produce interés porque su posesión permite obtener ganancias a expensas del trabajador. El interés es la parte más segura y constante de las ganancias brutas; ha sido llamado ganancia neta, para significar su independencia de los riesgos y trabajos del empresario”.
Nos invita, también, a analizar la figura del empresario. En la superficie, sus ganancias parecen confundirse enteramente con los puros privilegios del rentista o el terrateniente, pero guardan un problema distinto. Si bien el empresario se beneficia de la porción de trabajo ajeno no remunerado, también es cierto que aporta un esfuerzo importante: él organiza y dirige la intrincada maquinaria de la técnica y la economía.
Pero tiene muy en claro que para que el capitalista pueda tener un espíritu innovador, este nace de su posición de clase privilegiada, fundamentalmente de una educación nacida de su lugar en la estructura social. En su mirada hay un cierto adelanto de lo que será la concepción de Joseph Alois Schumpeter sobre el papel disruptivo del empresario en el ciclo económico.
A 50 años del golpe genocida, donde la ley financiera de José Alfredo Martínez de Hoz sigue intacta, y la renta de la tierra sigue siendo un problema estructural, las reflexiones de Juan Bautista Justo sobre los insultantes privilegios de nuestra clase dominante, tienen una actualidad palpitante.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)






