El delirio liberticida es de tal magnitud que sostiene el disparate de que la Argentina ha vivido más de un siglo bajo la hegemonía del socialismo. Tal mentira es moneda corriente en algunos sectores de la población, que repiten, orondos, las zonceras de la ideología dominante. Hace más de un siglo, en 1908, se produjo una discusión sobre la posibilidad del socialismo en nuestro país que es fundamental para seguir el debate sobre su viabilidad y futuro.

Considerado en esa época, una de las figuras socialistas más importantes del Viejo Mundo, el dirigente italiano Enrico Ferri arribó al puerto de Buenos Aires, el 18 de julio de 1908, para dar una serie de conferencias. Para ameritar su influjo sobre nuestro líder socialista, hay que resaltar que Juan B. Justo había hecho traducir a Roberto Payró, el libro Socialismo y ciencia positiva, de Ferri, del que hizo agudos comentarios en La Vanguardia. 

En su libro Confesiones Literarias, Juan José de Soiza Reilly, recabó la opinión de Enrico Ferri en una entrevista en Roma en 1907, sobre la posibilidad del socialismo en la Argentina. Decía el italiano:”Yo me atrevo a pronosticar el triunfo en general del socialismo en la República Argentina. Y será pronto. Más pronto que en Italia…”.

De manera insólita, apenas unas horas después de desembarcar en Buenos Aires, Ferri sentenció que el socialismo en el país era una flor artificial, argumentando que era un movimiento importado por inmigrantes europeos e imitado por los argentinos, en lugar de ser un producto natural del país.

El 26 de octubre de 1908, el líder socialista italiano, dio una Conferencia en el Teatro Victoria, de Buenos Aires, emitiendo juicios sobre el socialismo argentino, que fueron refutados en el mismo acto por Juan B. Justo. Esta es una de las polémicas más importantes de nuestra historia política, sin lugar a dudas.

Expresó en esa oportunidad Enrico Ferri: “Yo pienso que los socialistas en la Argentina cumplen una obra no sólo simpática y admirable por su coraje y honrada política, sino también útil al país, porque constituyen el único partido que tiene un programa de cosas y de ideas y no de personas. Pero pienso (y esto es el abc del socialismo científico), que el partido socialista es o debe ser, el producto natural del país donde se forma. Aquí, en cambio, me parece que el partido socialista es importado por los socialistas de Europa que emigran a la Argentina, e imitado por los argentinos al traducir los libros y folletos de Europa”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Desde su perspectiva sociológica, Ferri sostenía que un verdadero partido socialista y su proletariado, son el producto exclusivo de la máquina a vapor y la fase industrial. Afirmó que la Argentina se encontraba aún en una fase agropecuaria, y por lo tanto, carecía de los obreros industriales necesarios para sostener el movimiento.

Consideraba que, al no tener un proletariado industrial, el Partido Socialista Argentino, actuaba simplemente como un partido radical  europeo, o como un mero grupo de trade-unionistas. Criticó que su programa se limitara a demandas inmediatas, como la jornada de ocho horas o mejores salarios, y le reprochó a Justo no considerar la propiedad colectiva como un fin concreto.

Al analizar el trabajo en el campo, planteó que la agricultura dependía de medianeros y pequeños propietarios, a quienes no consideraba afines al socialismo, y de braceros o peones golondrinas. Catalogó a estos peones transitorios como en gran parte inconscientes, sosteniendo que era moral y materialmente imposible llegar a organizarlos dentro de un partido socialista.

Expuso en su superficial crítica: “Pero las condiciones económicas-sociales de la Argentina, que se encuentran en la fase agropecuaria (aunque técnica) son tales, que se hubiera evidentemente impedido a Carlos Marx escribir aquí El Capital, que él ha destilado con su genio del industrialismo inglés. El proletariado es un producto de la máquina de vapor, y sólo con el proletariado nace el Partido Socialista, que es la fase evolutiva del primitivo partido obrero… Cuando un país tiene todavía tierra pública por individualizar, y por eso no está todavía en la fase industrial, es absurdo que aquí pueda existir un partido socialista que debe estar compuesto de proletariado (industrial y agrícola)”.

La respuesta de Juan B. Justo a la crítica de Enrico Ferri no pudo ser más contundente, rechazando su pueril dogmatismo, y argumentando que su visión teórica le impedía comprender la realidad económica y social de Argentina. Su refutación se centró en demostrar que el país poseía las condiciones materiales y la base de trabajadores asalariados necesarias para sostener un movimiento socialista genuino.

Sostenía Justo: “Nos excomulga Ferri, por fin en nombre de la doctrina. Sea ello para nosotros una inmunización más contra la tendencia anquilosante de la doctrina. Clasifiquemos los hechos conocidos, escrudiñemos lo que se nos augura, cultivemos la teoría que ha de iluminar nuestra marcha hacia el porvenir. Pero esa doctrina, obra nuestra, no la dejemos cristalizarse en boca de los charlatanes y de los epígonos, para que no se sobreponga a nosotros. Infundámosle siempre vida nueva, preñándola constantemente de hechos nuevos, haciéndola recibir en su seno todas las nuevas realidades, para que no degenere en un nuevo evangelio”.

El líder argentino refutó la idea de que la falta de un modelo industrial idéntico al de Inglaterra impidiera la existencia del socialismo. Explicó que la expansión del capital a países nuevos operaba mediante una colonización sistemática, donde el Estado monopolizaba la tierra para encarecerla artificialmente y así impedir que el trabajador se volviera autónomo, obligándolo a vender su fuerza de trabajo como asalariado. De esta forma, se había formado una clase proletaria masiva que sostenía una producción agropecuaria fuertemente mecanizada, evidenciada en miles de kilómetros de vías férreas, la actividad de los frigoríficos, bodegas, talleres y fábricas.

Mientras Ferri consideraba a los peones golondrinas como trabajadores inconscientes incapaces de formar parte de una organización socialista, Justo los reivindicó describiéndolos como un verdadero ejército proletario de reserva. Afirmó que el hecho de que estos peones cruzaran anualmente los mares para trabajar en miles de trilladoras a vapor en el país, era la mejor prueba de que la agricultura argentina era profundamente capitalista, y estaba íntimamente vinculada a la economía mundial.

Ferri, recordemos, había argumentado que la existencia de tierras públicas impedía la consolidación de un proletariado. El fundador del Partido Socialista, respondió cuestionando esta premisa, señalando que en la Argentina los trabajadores no podían armarse de un hacha y apropiarse del suelo como había ocurrido en Norteamérica, porque la tierra ya estaba adjudicada en grandes extensiones a la clase dominante.

Justo invirtió el argumento de la artificialidad al describir el escenario político argentino. Afirmó que los verdaderos movimientos efímeros, sin programa ni principios, eran los partidos tradicionales del país y las facciones lideradas por politiqueros al asalto de los puestos públicos. En contraste, argumentó que el Partido Socialista era el único partido verdaderamente existente, estructurado como una organización permanente de la clase trabajadora que sostenía un programa, celebraba asambleas y votaba con principios definidos.

Para Juan B. Justo, el socialismo no debía ser juzgado por fórmulas abstractas, sino que representaba ante todo la acción del mismo pueblo trabajador en su propio bien, y la elevación material, intelectual y moral de las personas. Consideraba que la propiedad colectiva era una hipótesis fecunda para guiar a los trabajadores en la cooperación libre, no un dogma estricto. 

Con pruebas empíricas, desmintió la idea de Ferri de que Argentina carecía de proletariado moderno, demostrando que el país contaba con una agricultura profundamente capitalista, y mecanizada, que justificaba la acción y existencia del Partido Socialista. Comparaba la futura propiedad colectiva con una hipótesis para oponerse al dogmatismo estrecho de teóricos como Enrico Ferri, quienes exigían tratarla como un Alcorán inflexible.

Considerar la propiedad colectiva como una hipótesis tenía un valor estrictamente práctico y orientador. 

Al enfocar el socialismo de esta manera, Justo concluía que la parte más viva y fundamental del marxismo no era la hipótesis teórica sobre cómo sería el futuro, sino la práctica de la lucha de clases. Esta visión le permitía priorizar los avances mensurables, y la organización real de la clase obrera por encima de cualquier sumisión a fórmulas teóricas abstractas.

Tenía una visión profundamente optimista y proactiva sobre el futuro del socialismo en la Argentina, utilizando las propias críticas de Enrico Ferri como una hoja de ruta estratégica para fortalecer y expandir el movimiento. Sostenía, con convicción, que el panorama observable en las grandes naciones modernas, caracterizado por la centralización industrial, la acumulación de riquezas en pocas manos, los monopolios, las crisis y la lucha de clases, señalaba de forma inequívoca el propio porvenir de la Argentina.

Para él, los ideales socialistas no se adoptaban por temporada como alquilamos una vivienda, sino que debían apoderarse de la sociedad por ser ideales universales. En su visión de futuro, el movimiento lograría involucrar a todos los sectores de la vida nacional: obreros que sacrificarían su descanso por la emancipación de su clase; mujeres que abandonarían el confesionario para acudir a los mítines; hombres de ciencia que volcarían sus estudios a la obra social, y artistas que encontrarían su inspiración en el drama inmenso de la vida del pueblo.

El aporte más interesante del debate es, sin dudas, la utilización de la anteriormente nombrada categoría de la colonización sistemática, que Carlos Marx había estudiado en el capítulo 25 del primer tomo de El Capital, titulado “La moderna teoría de la colonización”. Juan B. Justo describe, con palabras esclarecedoras, la colonización capitalista sistemática como un método calculador y frío diseñado para crear artificialmente una clase proletaria en tierras nuevas y vírgenes.

Para explicarnos este concepto, nos invita a observar el contraste con la antigua colonización libre de Norteamérica, cuyo fin era poblar el territorio con hombres autónomos e independientes. En cambio, en colonias inglesas establecidas bajo el pleno dominio del capitalismo, como Australia y Nueva Zelandia, los capitalistas se enfrentaron a un obstáculo: la tierra era tan abundante y estaba tan despoblada, que a cualquier inmigrante le bastaba con irse al campo para vivir por su propia cuenta. Pero sin trabajadores subordinados, las inversiones de capital no podían dar frutos.

Para solucionar esto e impedir que el hombre obtuviera acceso inmediato a la tierra libre, los gobernantes idearon un sistema: declararon que esas tierras eran propiedad del Estado y les pusieron un precio ficticio y arbitrariamente alto, imposible de alcanzar en un primer momento para un simple trabajador, creando un sub- proletariado.

Atrapado por esta barrera artificial, el productor manual se veía obligado a vender su fuerza de trabajo, y a trabajar como asalariado para otros, al menos durante el tiempo necesario para ahorrar y poder pagar el valor fijado a la tierra. Justo define este dinero como un rescate que se le exigía al trabajador para dejarlo escapar de la condena del salario.

El ciclo de este sistema se cerraba de una manera perfecta para los dueños del capital: el dinero que el Estado recaudaba con ese rescate se utilizaba luego para fomentar y pagar el viaje de nuevos inmigrantes. Así, mediante el doble procedimiento de dificultar la independencia del trabajador y usar sus propios ahorros para traer nuevos brazos serviles, se aseguraba una provisión constante de mano de obra.

 Advirtió con profundo  dolor, que esta colonización capitalista sistemática encontró su más vasta aplicación en Sudamérica. En estas tierras, favorecida por la debilidad y la incapacidad política del pueblo trabajador nativo, la clase alta acaparó el suelo. Para valorizar esos inmensos latifundios, la oligarquía utilizó al Estado, construyendo ferrocarriles y manteniendo agencias en Europa para atraer rebaños de inmigrantes, condenándolos a la dependencia y al trabajo ajeno.

Explicaba el fundador del socialismo argentino: “En lugar de admitir en nuestro desarrollo la fecundidad de la idea socialista, capaz de inspirar al pueblo una acción buena e inteligente, bajo todos los climas y en condiciones históricas relativamente distintas, en lugar de ampliar su propio concepto del socialismo bajo la influencia de lo que aquí pensamos y hacemos, el profesor Ferri, con una ciencia de pacotilla, viene a decirnos: aquí no hay gran proletariado industrial, luego no puede haber socialismo. Efectivamente no tenemos una industria como Inglaterra, donde escribió Marx “El Capital”, pero el último capítulo de este libro titulado “La teoría moderna de la colonización”, expone y prevé con exactitud admirable lo que hace la clase gobernante para crear rápidamente un proletariado en países como este, no traen para eso los gobiernos de los países coloniales maquinas a vapor”. 

En Teoría y Práctica de la Historia, capítulo La Lucha de Clases, profundizaba este tema: “En Australia y Nueva Zelandia, colonias inglesas establecidas en pleno capitalismo, los primeros gobernantes se apartaron del ejemplo de la libre colonización norteamericana, cuyo objetivo había sido la radicación de pobladores autónomos, no la inversión del capital. Para que ésta fuera desde luego posible y fructuosa en aquellos países de tierras vírgenes y despobladas, donde bastaba al inmigrante irse al campo para poder vivir, se impidió a los trabajadores el acceso inmediato de tierras libres, declarándolas de propiedad del Estado y atribuyéndoles un precio ficticio, bastante alto para que los simples trabajadores no pudieran pagarlo. El productor manual veíase obligado así a trabajar como asalariado, por lo menos el tiempo necesario para ahorrar el importe del precio arbitrariamente fijado a la tierra. Y ese dinero, rescate exigido al trabajador por dejarlo salir de la clase asalariada, encontraba su empleo consiguiente en el fomento de la inmigración de trabajadores por el estado. Esta creación artificial de un proletariado, por el doble procedimiento de dificultar el establecimiento de productores libres y favorecer el arribó al país de los brazos serviles, es lo que se ha llamado colonización capitalista sistemática”.

Para finalizar, queremos recordar un olvidadísimo aporte al debate entre Juan B. Justo y Enrico Ferri, controversia que hasta el día de hoy sigue dando mucha tela para cortar. Fue la contribución que Enrique del Valle Iberlucea realizó acerca de la viabilidad del socialismo en el país.

En su estudio Industrialismo y Socialismo en la Argentina, publicado en varios números de la Revista Socialista Internacional en 1909, aportó datos irrefutables contra las opiniones de Enrico Ferri. A lo largo del documento, se dedicó a rebatir esta idea demostrando empíricamente que la Argentina se encontraba en un periodo de evolución capitalista.

El tribuno socialista aclaraba en la primera página que el propósito de editar y publicar este estudio era, precisamente, evidenciar las inexactitudes de Ferri acerca del movimiento socialista en la República. Según relataba, antes de dar una conferencia en el teatro Victoria de Buenos Aires, el líder italiano, expresó equivocadas opiniones sobre el Partido Socialista, afirmando que en el país no existía industrialismo y que, por consiguiente, no cabía en él, por entonces al menos, el colectivismo. El estudio también reprochaba que creyera dar con el tesoro escondido de la inexistencia de la cuestión social en este país, asumiendo erróneamente que la matriz productiva era exclusiva y puramente agropecuaria.

Para Argentina, nuestro primer Senador de izquierda, enfatizaba que el incipiente movimiento obrero socialista tenía causas económicas generales que son propias de toda sociedad industrializada. Es decir, la agitación social en el país no era un producto de agitadores aislados, sino que la sociedad argentina se había adentrado en un periodo de evolución capitalista que generaba los mismos inconvenientes, conflictos y miserias, que en Europa. La formación de la gran industria, los ferrocarriles, y las fábricas urbanas, habían despertado a la clase trabajadora a la vida política para defenderse.

Señalaba que, hasta el momento de su análisis, el latifundismo no había tenido una participación directa en el desarrollo del movimiento socialista en la Argentina. La razón principal de esta falta de impacto inicial radicaba en las precarias condiciones de vida de los trabajadores del campo. El latifundismo había generado un inmenso proletariado rural que se encontraba sumido en la pobreza más lamentable y en una completa miseria intelectual, careciendo totalmente de organización, de espíritu de clase y de ideas para mejorar su situación.

Identificaba al latifundio como el gran mal del país, argumentando que la concentración de la tierra en unas pocas manos, y la expulsión progresiva de los pequeños productores, amenazaban el bienestar económico y la tranquilidad política de la República. Esta extrema desigualdad sentarían las bases para que las reivindicaciones socialistas, que ya movilizaban al proletariado urbano, terminaran despertando también a las masas rurales.

Para probar la existencia del industrialismo en la Argentina y refutar la idea de que el país carecía de evolución capitalista, presentó concluyentes datos estadísticos extraídos de varios censos nacionales e industriales (principalmente de los años 1869, 1895, 1904 y 1908).

Con toda esta batería de datos demográficos y económicos, Enrique del Valle Iberlucea, evidenció empíricamente que la formación de la gran industria ya estaba consolidada y que la sociedad argentina contaba con una inmensa masa proletaria, justificando plenamente la organización y la lucha del movimiento socialista  en el país.

Exponía que el industrialismo era la base material que engendraba la desigualdad y concentraba a los trabajadores, mientras que el socialismo era la respuesta política y social ineludible de esa clase obrera para liberarse del dominio capitalista.

Emilio J. Corbière, en su importante libro El marxismo de Enrique del Valle Iberlucea, dice sobre este trabajo: “En Industrialismo y Socialismo en la República Argentina, analiza el desarrollo capitalista incipiente en nuestro país y responde- como ya lo había realizado Juan B. Justo- a los críticos superficiales del socialismo argentino, críticos como Enrico Ferri que, al visitar Buenos Aires en 1908, negó carácter socialista al partido argentino”.

La polémica entre Enrico Ferri y Juan B. Justo es uno de los hitos más importantes de nuestra historia política. Su estudio y su enriquecimiento teórico resultan esenciales para reflexionar sobre nuestra decadencia, y las necesarias acciones para salir del marasmo político en que nos encontramos.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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