Mucho antes de pisar un aula de verdad, Elsa ya era maestra. Lo era en los juegos de su infancia, compartiendo con sus amigas las pocas letras y números que conocía, con esa pulsión temprana y genuina por enseñar. Esa llama, que nació como un juego de niñas, terminó transformándose en la columna vertebral de toda su vida.
Cuando cursaba el colegio secundario en la Escuela de Comercio, una oportunidad cambió su rumbo: se abrió el Magisterio en el Instituto Virgen de la Merced. Sin dudarlo, Elsa y casi una treintena de compañeras cambiaron de institución educativa para completar el cuarto y quinto año. Allí, con el título en mano, comenzó el verdadero viaje.


Viajes en “ratoncito”, sulkys y tormentas
Su primer destino fue la Escuela “Ciudad de Madrid” de Cañada del Ucle, una travesía que en aquella época exigía bastante más que ganas. En tiempos donde la ruta no era más que una promesa sin empezar a construir, llegar era un desafío diario.
Aprendió a manejar y sumó a la aventura un pequeño auto de esos cuya puerta se abría hacia adelante; un “ratoncito” donde apretadas pero entusiastas, viajaban hasta cuatro docentes por día.
Pero los días de lluvia el camino se convertía en una trampa de barro. Para Elsa y sus compañeras, la palabra “faltar” simplemente no existía en el diccionario.


Cuando el temporal amenazaba con dejarlas aisladas, la red familiar salía al rescate: sus abuelos, que vivían en el campo muy cerca de la escuela, las iban a buscar en sulky. Allí, en la casa de sus abuelos, pasaban uno, dos o tres días, esperando que el suelo secara para poder volver a sus casas, pero jamás para faltar a clase.
La empatía como la mejor herramienta pedagógica
Más allá de los contenidos, el aula le enseñó a Elsa que enseñar es, ante todo, un acto de observación profunda y humanidad. Entendió temprano que el docente también debe ser un poco psicólogo.
“Señorita, tengo hambre”, escuchó alguna vez de boca de un alumno que se dormía sobre el banco, revelando que tampoco había cenado la noche anterior. Y la respuesta no fue una lección de manual, sino un mate cocido caliente con un trozo de pan para recomponer el cuerpo y el alma.
De la misma manera aprendió a mirar al alumno “rebelde”, al que agredía a sus compañeros, buscando descifrar el dolor o la violencia que ese niño traía desde su hogar y que solo sabía exteriorizar en el aula.
Para Elsa, conducir un curso de treinta alumnos nunca fue gestionar una multitud, sino descifrar treinta universos completamente distintos: conocer sus interiores, qué piensan, qué desean y qué necesitan.
El eco del cariño
Pasaron las décadas, los grupos y los establecimientos, como la escuela de Miguel Torres que pronto celebra su centenario y la convoca con los honores de quien dejó una huella imborrable, pero el tesoro más grande de Elsa no cabe en un diploma: está en cada esquina, en cada encuentro fortuito.
Hoy, hombres y mujeres hechos y derechos se detienen a saludarla. Para ellos, el tiempo no ha transcurrido: la siguen llamando “Señorita”. Le recuerdan aquel picnic inolvidable, una anécdota de excursión o simplemente se acercan a darle un abrazo impregnado de gratitud.
En este Día del Maestro, el testimonio de Elsa Pascussi nos recuerda la esencia pura de la docencia: una vocación innegociable que se siente toda la vida y que deja una marca imborrable en el corazón de cada alumno.

Por Elías Ferreyra






