Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los últimos años de la existencia de Manuel Belgrano fueron aciagos. A pesar de haberse logrado con su denuedo la Independencia de la Patria, las guerras civiles y el acoso de las fuerzas realistas en el Norte, fueron para nuestro prócer una espada de Damocles permanente.

Para combatir a las Provincias  del Litoral, el Gobierno Directorial  ordenó a Belgrano que marchara con el Ejército Auxiliar del Perú hacia el Sur. El Norte quedó bajo la protección exclusiva de Martín Miguel de Güemes y sus gauchos, quienes sostuvieron una incesante guerra de desgaste contra las continuas incursiones realistas desde el Alto Perú, logrando frustrar las invasiones  mediante una tenaz resistencia.

Gravemente enfermo y opuesto en el fondo a derramar sangre en una guerra fratricida, obedeció las órdenes de marchar hacia la guerra civil. Su ejército avanzó en un estado de profunda desmoralización, sufriendo el hambre, la falta de vestuario, la escasez de recursos y las constantes deserciones.

Dice al respecto de la situación imperante en esta etapa de su vida, el historiador Miguel Ángel De Marco: “Mientras San Martín desoía las ordenes del Directorio de abandonar su campaña libertadora para enfrentar a las tropas federales del Litoral, Belgrano se disponía a obedecer los mandatos de la subordinación a la autoridad constituida. El libertador no estaba dispuesto a desenvainar su sable en las luchas intestinas  y poner en riesgo el plan de emancipación de América del Sur en el que estaban empeñados él y Simón Bolívar; el creador de la Bandera decidía ´bajar´ con la idea de que aplastada la anarquía, resultaría más fácil apuntalar la defensa en la frontera en el norte”.

Bartolomé Mitre, que como bien sabemos no simpatizaba demasiado con los Caudillos del Litoral, destaca que esta guerra fue un error estratégico del Directorio, ya que malgastó recursos vitales y desvió la atención de la verdadera lucha por la independencia contra la opresora España.

En el capítulo titulado “La guerra del litoral 1817-1819”, de su extensa biografía sobre el creador de la Bandera, Bartolomé Mitre detalla con minuciosidad el cruento conflicto entre el Gobierno de las Provincias Unidas, y las provincias de la Mesopotamia y Santa Fe, en un contexto agravado por la amenaza extranjera y el surgimiento de las ideas federalistas.

La invasión portuguesa a la Banda Oriental generó un profundo malestar en las Provincias del Litoral, ya que el Gobierno Porteño fue cómplice de la presencia de un ejército extranjero en el territorio nacional. José Gervasio Artigas acusó públicamente al Director Supremo Pueyrredón de traidor. 

Además de la entrega de la Banda Oriental, ante el temor de que Artigas utilizara las fuerzas del Litoral para atacar a Buenos Aires, el Gobierno directorial decidió fomentar y apoyar económicamente una rebelión interna en Entre Ríos para quitarle su base de operaciones, encendiendo aún más la pradera de la guerra civil. Esto llevó al Directorio a fomentar campañas militares para someter al Litoral, que terminaron en rotundos fracasos, como la derrota del Coronel Luciano Montes de Oca en el Arroyo Ceballos, y la Batalla del Saucesito, que consolidaron a Francisco Ramírez como el líder de Entre Ríos.

En tanto, en Santa Fe se afirmaba el poder de Estanislao López, que defendía la autonomía de nuestra provincia a capa y espada. El Gobierno del Directorio, en un esfuerzo por someter a la Invencible, organizó en septiembre de 1818 un Ejército de Observación de unos 3.000 hombres al mando de Juan Ramón Balcarce, que debía operar en conjunto con una división desde Córdoba al mando de Juan Bautista Bustos.

López, en inferioridad numérica pero con gran movilidad y el entusiasmo de nuestra tropa, tomó la iniciativa, sorprendiendo en noviembre de 1818,  a las tropas de Bustos en Fraile Muerto, paralizando su capacidad de avance. Juan Ramón Balcarce logró forzar el Paso de Aguirre y ocupar la ciudad de Santa Fe, pero la encontró totalmente desierta y desprovista de recursos. 

Aislado, sin suministros y sometido a una incesante guerra de guerrillas por parte de las tropas santafesinas, Balcarce se vio obligado a iniciar una penosa retirada hacia Rosario en diciembre de 1818, con un ejército diezmado por las deserciones, que terminó en el incendio y la total destrucción de la localidad. Señalemos, como memoria del infausto hecho, que los Sureños en EE.UU recuerdan con ignominia, la quemazón de Atlanta por el General Sherman. En Rosario, al contrario, Juan Ramón Balcarce tiene una de las principales calles de la ciudad.

Tras el fracaso de Balcarce, el Directorio lo reemplazó por el General Juan José Viamonte, quien reinició la ofensiva. Sin embargo, Viamonte también fue derrotado por los santafesinos en Las Barrancas, cerca del río Carcarañá, el 10 de marzo de 1819. La impotencia militar del Directorio para doblegar a las Montoneras lopiztas quedó en evidencia. 

Ante la presión de la opinión pública que repudiaba esta guerra fratricida, y la preocupación santafesina por el contenido de las cartas del General San Martín que fueron interceptadas, Viamonte y Estanislao López acordaron el  5 de abril el Armisticio de Rosario, que fue perfeccionado y ratificado en San Lorenzo el día 12 del mismo mes. 

Este armisticio, que junto al de Santo Tomé, son unos de los pactos preexistentes citados por el Preámbulo de la Constitución Nacional, y que Armando Alonso Piñeiro en su libro “Historia del General Viamonte y su época”, reivindica por su importancia histórica, al ser los primeros acuerdos interprovinciales que gestaron nuestro derecho político e institucionalizaron los fundamentos de una vida comunitaria nacional. 

A pesar de la opinión negativa de Belgrano con respecto a varios Federalistas del Litoral, Mario Belgrano en la biografía de su ilustre antepasado, nos dice en relación al Patriarca de la Federación: “Pensaba de otro modo respecto de López y de la Provincia de Santa Fe, entendiendo que su deseos de paz eran sinceros. No por eso se entregaba a una confianza ciega, abrogando la esperanza de que López llegara a convencer a Ramírez”.

Plantea en el mismo sentido, el Dr. De Marco en su libro sobre el prócer: “Belgrano, satisfecho de la solución que le había evitado cruzar las armas con los hijos de una misma patria, si bien en su correspondencia a ciertos personajes los trato con dureza, le comunicó a San Martín que se había alcanzado la paz”. Recordemos la carta del Libertador de Chile y Perú a Estanislao López donde le decía que el verdadero Patriotismo consistía en hacer sacrificios. En este sentido nadie superó al creador de nuestra Bandera.

En una carta dirigida a Francisco Ramírez, fechada el 13 de abril de 1819, afirmaba Manuel Belgrano celebrando la paz: “La Providencia ha querido abrirnos camino a la reconciliación y amistad cuando más se estaban gloriando los enemigos de nuestra nación, de la sangre que se derramaba y de la desolación y miseria en que caían nuestros países, por disputas domesticas apoyadas tal vez en puerilidades y movidas por medios bien ajenos a la razón”.

En su última relación directa con nuestro Gobernador, Belgrano suscribiría el Armisticio de San Lorenzo, pactado para frenar las hostilidades con las fuerzas del Litoral. Afirma con acierto Alejandro Damianovich: “La expedición que dirigió contra Santa Fe en 1819, fue una experiencia que le permitió descubrir gradualmente en López y las Montoneras un adversario capaz de resistir con éxito a un ejército poderoso como el que le seguía, y también descartar sus sospechas de connivencia entre ´anarquistas‘y españoles. Por un momento, tras la firma del armisticio de San Lorenzo suscripto con el santafesino y el aparente inicio de la pacificación regional, Belgrano cree vivir un suceso digno de figurar ´entre las glorias de la América del Sur´”. 

Manuel Belgrano comprendió, en esa difícil coyuntura, que aquel joven blandengue que lo había acompañado en la gesta del Paraguay como subordinado, se había convertido en un líder de acrisolado patriotismo.

Por Gustavo Battistoni
(Politólogo y escritor firmatense)

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