Cuando Isaías se convirtió en uno más de los tantos despedidos de la cooperativa agrícola del pueblo, el único lugar de la zona que ofrecía un trabajo digno, sintió una amargura tan grande que ni toda la Inca Kola de Perú podría haber aplacado.

A la amargura se le sumó la desazón: pesada y oscura, juntas se apoderaron de sus noches, llevándolo a recorrer bares y tabernas, en búsqueda del falso consuelo adormecedor del alcohol.

Sin horarios que cumplir ni rutinas que le otorgasen cotidianidad a los días, el tiempo pasaba demasiado lento, con un letargo que terminaba convirtiéndose en hastío. Por las mañanas salía temprano y caminaba largas extensiones de pueblo en pueblo, solo para matar las horas y no tener que aguantar los sermones odiosos junto al rictus detestable de su mujer, porque él sabía muy bien que a su edad y en esa región, no encontraría trabajo fácilmente.

En una de sus recorridas se topó con un grupo de huaqueros que ofrecían su mercadería a plena luz del día. Pequeñas vasijas, cántaros y fardos de momias (textiles) relucían nuevamente a la luz del sol como lo hicieron antaño. Otra vez entre los vivos, después de siglos entre los muertos.

Reconoció algunos rostros, compañeros de trabajo, despedidos igual que él. Despojados de su fuente de ingresos, encontraban en el pasado el modo de hacerle frente al presente.

Durante el regreso su mente se mantuvo ocupada analizando el encuentro con los huaqueros. Sabía bien que en las llanuras del desierto de Chancay el subsuelo guardaba enterramientos milenarios, que había muchos a los cuales no les importaba interrumpir el descanso eterno, en un lugar sagrado, de un difunto milenario. Había escuchado infinidad de veces la frase: «Los muertos dan de comer a los vivos» aunque él no compartía ese pensamiento. Respetaba a los ancestros, le parecía una afrenta profanar de esa manera a sus propios antepasados, y era además, un ferviente creyen- te de que si los espíritus de los muertos eran molestados, estos atormentaban a quien lo hubiese hecho hasta causarle la muerte.

Cuando llegó a la casa, los ojos de su mujer eran dos carbones encendidos, la boca un lanzallamas y de ella emergió una sentencia que lo abrasó vivo:

—¡Si en estos días no traes plata, aunque sea unos pocos soles, agarro a los chicos, las pocas cosas que tengo y me voy a lo de mi hermana en la ciudad!

No supo qué decir y se refugió en el silencio para calmar su pesar. Esa noche no durmió, pero por la mañana ya había tomado una determinación. No podía permitirse que su mujer lo abandonara y menos aún que se llevara a sus hijos.

Se encontró con José Lozano en un bar de esos que él solía frecuentar. Entre trago y trago fue tratando de obtener información. Al comienzo no le resultó tarea fácil, pues el otro era arisco para largar prenda, pero el alcohol hizo lo suyo y terminó obteniendo lo que necesitaba. Llegó con puntualidad a la hora acordada. La noche estaba tranquila y el cielo era un enorme tapiz tachonado de estrellas. Eso lo tranquilizó sin saber muy bien por qué, sin embargo, cuando vio a la banda de huaqueros apostados en una camioneta, esperándolo, por un segundo se volvió a replantear si había tomado la decisión correcta. Pero era tarde para arrepentimientos, el jefe le hacía señas para que se apresurara. Se presentaron parcamente y sin más dilaciones emprendieron el viaje hacia el desierto. Las tumbas ya estaban localizadas. Dejaron el vehículo camuflado y comenzaron a caminar por la inmensa llanura hasta llegar al lugar indicado. Inmediatamente todos se dispusieron a cavar. Las nubes de polvo contaminaron el aire. Las paladas desgarraban la tierra con cada nuevo impulso. Hasta que el jefe dio la voz de alto y paró la excavación para empezar a sondear, con una larga vara de acero, el pozo que habían hecho. La baqueta se introducía en la arena lentamente, analizando el tipo de resistencia que ofrecía cada zona.

—¡Encontré al muerto! —la voz sonó cantarina.

Isaías reanudó el trabajo a la par de los demás. Las manos y el cuerpo entero le sudaban profusamente. La ansiedad le aturdía los sentidos, para él no era solo un muerto, era una momia milenaria, arrebatada de su descanso ancestral.

Primero emergieron pequeños cántaros de cerámica, los dibujos que los decoraban estaban en perfecto estado de conservación. Y después de un rato apareció la momia: impresionante, majestuosa en sus atavíos; el corazón le comenzó a latir con fuerza y su sonido fue lo único que escuchó por unos segundos eternos, el galopar desbocado de miles de caballos en el pecho.

Al amanecer recogieron las herramientas y el botín, e iniciaron el regreso. El silencio era basto como la llanura que los rodeaba. El temor por ser descubiertos por la policía, caminaba junto a ellos. Pero todo culminó sin sobresaltos.

Durante las siguientes semanas participó de varios expolios más. Lo que obtuvo de éstos no hizo la gran diferencia en su debilitada economía. En tanto el que se iba debilitando era su espíritu. Se sentía apesadumbrado por todo lo que había vivido esas noches. Cuando cerraba los ojos, intentando hallar el descanso, las imágenes de los saqueos en los que había participado circulaban por su cabeza con viva nitidez: trozos de caderas, fémures, cueros cabelludos con pelo, utensilios de costura, prendedores. Y siempre omnipresente, aquella momia primera, que no dejaba de observarlo desde la infinidad del tiempo.

Esa madrugada, una sensación gélida lo despertó súbitamente. Pensó que quizás se habían olvidado de atrancar la única ventana de la pequeña habitación. Comprobó que estaba cerrada. Su mujer dormía plácidamente a su lado, parecía que no la afectaba aquel frío inusual. Se levantó para ir a buscar algo para cubrirse y con el rabillo del ojo derecho alcanzó a ver una cosa oscura y tuvo la sensación de que eso se había agazapado y lo observaba desde algún rincón de la habitación. El lugar comenzó a ser invadido por un polvillo denso y asfixiante. Le empezó a faltar el aire. Sus pies descalzos sintieron la arena escabullirse entre los dedos. Una mano huesuda le toco el hombro, percibió con terrorífica certeza, la mirada milenaria.

Ahogó un grito mortecino.

En la mañana, la mujer les explicó a los policías, que la despertaron los movimientos de Isaías en la pieza. Intentó calmarlo, se le acercó mientras él estaba de espaldas, lo agarró de un hombro, y ahí sobrevino la desgracia.

Días después, acomodando sus pertenencias, encontró en el cajón de la mesa de luz, la caja completa de la medicación que él debía tomar diariamente para la hipertensión.

Por Vanesa Tejada Costa
(Escritora)

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