Juan B. Justo dedicó el último capítulo de su obra más importante, Teoría y Práctica de la Historia, al estudio del arte, la ciencia y la religión, que desde su concepción tenían una influencia enorme en la sociedad. Positiva en el caso de la ciencia y el arte, negativa en el caso de la religión. En su polémica con Enrico Ferri había expresado que el ideal socialista poseía la vitalidad y la fuerza necesarias para movilizar y otorgar un nuevo propósito no solo a los trabajadores, sino también al intelecto científico y a la sensibilidad artística del país.
Pionero de la medicina argentina, trajo consigo los vientos de la cirugía moderna aprendida en Europa, introduciendo los métodos asépticos que permitieron salvar muchas vidas. Empero, su espíritu inquieto y su nobleza no le permitieron quedarse encerrado en los límites de una sola especialidad. Al enfrentarse día a día en los hospitales con el dolor humano evitable y con la miseria, sintió el llamado de sanar no solo los cuerpos enfermos, sino a la sociedad entera.

La ciencia era para Juan B. Justo, el cimiento indispensable de la transformación socialista. Creía que la política debía dejar de ser un juego para convertirse en un saber regido por leyes y procesos. Su enfoque rechazaba los dogmas y los términos puramente filosóficos o metafísicos, llegando a calificar la palabra materialismo como una fórmula hueca de la adolescencia intelectual, y prefiriendo apoyarse en el análisis económico y en la estadística, a la que definía como la ciencia fundamental para conocer las condiciones y la evolución de la sociedad.
Para el socialista argentino, la clase trabajadora debía adoptar la ciencia sin titubeos, ya que era la única vía para dotar al movimiento de una verdad revolucionaria y prepararlo para gobernar. La reflexión sobre la importancia de la ciencia recorre su vida y obra, dedicando varios importantes aportes a la reflexión epistemológica.
En 1903, publicó en la Revista Socialista de Madrid, su trabajo El Realismo Ingenuo, donde se declaró contrario a la dialéctica. “Las obscuras, remotas y negativas concepciones de Hegel… si Marx y Engels han llegado a grandes resultados no ha sido gracias a la dialéctica hegeliana sino a pesar de ella”. Se mostraba partidario de una filosofía del sentido común, cercana al Pragmatismo, filosofía de lo concreto e inductivo. Afirmaba, además: “Sea lo que ella fuere, Marx y Engels tenían en mucho a la dialéctica. ¿Qué es esta, pues? ¿Algún nuevo método de investigación y trabajo, como los logaritmos o el cultivo de los microbios o la estadística? Nada de eso”.

En su folleto Método Científico, de 1905, sostendrá: “La ciencia no es hija del idealismo ni del materialismo, sino del realismo ingenuo, de la vida y la técnica. Movimiento popular y científico, el socialismo para ser genuino tiene que ser científico; para ser consciente tiene que ser vulgar. Aunque lo enuncie Engels, el Socialismo no puede reconocer diferencia entre la conciencia ordinaria y el pensar real, distinción desalentadora para los hombres que, sin salir de la conciencia ordinaria, aspiran al patrimonio intelectual de la humanidad; no pueden admitir en su seno una doctrina esotérica, oculta, accesible sólo a ciertos privilegios, cada uno de los cuales lo entiende a su manera. Y esto ha sido y sería en adelante la filosofía alemana dentro del socialismo”. Luis Pan, en su libro Juan B. Justo y su tiempo, recuerda que el líder socialista planteó, con convicción, que “el método científico es hoy el método socialista”.
En cuanto al método, en su conferencia sobre el Socialismo, de 1902, afirmaba: “En Política, como en todas las cosas, el método se juzga por los resultados, más que por las intenciones e hipótesis”. Y concluía:” El Partido Socialista es el más avanzado porque es el que ve más clara y completamente las cosas sociales como suceden hoy, y su método el más avanzado porque es el que hoy eleva demográfica, técnica, económicamente y políticamente al pueblo”.
Sobre la ciencia, nos enseñaba que no es un saber misterioso, puramente especulativo y ajeno a la vida ordinaria. Por el contrario, la ciencia nacía del sudor del trabajo y de las urgencias de la vida práctica. Recordando las palabras de Engels, afirmaba que una sola necesidad técnica hacía adelantar a la ciencia mucho más que diez universidades. Era el esfuerzo diario por dominar la naturaleza y perfeccionar los métodos de producción, lo que iluminaba la mente de los hombres y las mujeres.

Cuando los descubrimientos nacidos en los laboratorios se aplicaban en las fábricas, en las máquinas o en la electricidad, la verdad científica demostraba su verdadera solidez. De este modo, la ciencia rompía las cadenas del dogma y la superstición, dejando de ser un monopolio para transformarse en un esfuerzo consciente y colectivo que educaba la inteligencia de las masas.
En cuanto al arte, cultivó una profunda sensibilidad íntima, aunque su visión social sobre el tema mantenía un enfoque realista y práctico. Quienes no lo trataban de cerca ignoraban su apasionamiento por la música y la literatura. En la intimidad de su hogar disfrutaba de las obras de Chopin, Bach, Beethoven y Grieg, y era un atento lector de grandes creadores como Shakespeare, Goethe y Schiller.
El arte, que en sus orígenes fue un lujo exclusivo de las clases ociosas que tenían el tiempo y la riqueza para disfrutarlo, se transformaba con el despertar del proletariado. Sin embargo, su racionalismo lo llevaba a despojar a la apreciación estética de idealismos románticos vacíos, llegando a afirmar con ironía que le gustaban las mujeres hermosas, no para cantar las bellezas de sus formas, sino biológicamente porque prometían una prole sana y vivaz.
En el ámbito político y militante, Juan B. Justo reconocía en el arte, y muy especialmente en la música, un recurso incalculable para la educación colectiva y la propaganda. Al maravillarse en Europa con los coros espontáneos de los trabajadores belgas, instó a los socialistas argentinos a comprender el poder de la música como herramienta de movilización, pidiéndoles que aprendieran a emplear el arte en favor de la causa obrera, tal como históricamente lo habían utilizado la Iglesia y el patriotismo para asegurarse su propio dominio sobre las emociones del pueblo trabajador.
Al despertar la conciencia de la clase trabajadora, florecía lo que denomina el arte social. Este arte nacía como una herramienta de lucha: era el canto revolucionario, el drama, la novela o la pintura que desnudaban el dolor del pueblo y los vicios de la sociedad capitalista. Empero, nos hace una advertencia: este arte de combate suele nutrirse de lo dramático, de la huelga sangrienta y de la revuelta violenta, por lo que muchas veces resulta ser más un grito que sugestiona y emociona que una verdadera escuela que educa.
El horizonte más luminoso y noble, se alcanzaría cuando el pueblo trabajador lograra elevarse por encima de esa lucha áspera para cultivar la belleza por la belleza misma. Soñaba con el día en que la ciencia aplicada y el arte fueran una preocupación gozosa de todos. Entonces, el éxtasis de comprender una fórmula científica, de escuchar una sinfonía, de contemplar una estatua o de maravillarse ante una puesta de sol, dejaría de ser el privilegio egoísta de unos pocos. Al abrazar y compartir estas puras emociones en hermandad, los seres humanos enriqueceremos nuestra existencia a través de la admiración y la simpatía.
Por último, para Juan B. Justo, la religión y la Iglesia no representaban un faro de luz espiritual, sino una sombra que oscurecía el progreso y la libertad de las sociedades latinoamericanas, especialmente en la Argentina. Con una visión influenciada por Marx, concebía a la religión como el opio del pueblo. Para él, la fe religiosa era una forma de dependencia espiritual que enseñaba a los hombres a aceptar mansamente el sistema social que los oprimía.
En lugar de unir a la humanidad, la religión la separaba, alimentándose de mitos y careciendo por completo de un contenido progresista. Confiaba en que, a medida que el ser humano comprendiera mejor su entorno físico y biológico, la fuerza de estas creencias se desvanecería naturalmente. Esta mirada crítica no se limitaba al catolicismo; también consideraba al judaísmo y a otras religiones como sistemas dogmáticos y excluyentes que chocaban con los elevados ideales del socialismo.
Observó con agudeza que en su época, existía una alianza inseparable entre la Iglesia y las clases privilegiadas. Eran los grandes terratenientes, los industriales y los sectores financieros quienes sostenían económicamente a la institución eclesiástica. A cambio, la religión justificaba el orden establecido. Ante este abrazo entre el poder y la fe, exigió, con un proyecto de ley como Senador, en 1925, la separación definitiva de la Iglesia y el Estado.
Uno de los campos de batalla más intensos para el líder socialista fue el de la educación. Se opuso tenazmente a que la Iglesia tuviera cualquier papel en la formación de los jóvenes. Consideraba que la educación religiosa limitaba el espíritu humano y engendraba hipocresía, creando ciudadanos que veneraban símbolos vacíos en lugar de preocuparse por la verdadera sustancia de los problemas sociales.
En el ámbito parlamentario, utilizó su ingenio mordaz para combatir los privilegios clericales. Se burlaba del tiempo que perdía el Estado en elegir al arzobispo de Buenos Aires mediante el sistema de patronato, ironizando que las cosechas seguirían siendo abundantes y la moral nacional no colapsaría aunque el país se quedara sin obispos.
Como modelo a seguir, miraba con profunda admiración hacia México, celebrando las reformas constitucionales de líderes como Benito Juárez y Plutarco Elías Calles, quienes habían tenido el valor de reducir el poder de la Iglesia Católica y establecer una verdadera libertad de cultos. El sueño del fundador del Partido Socialista era el de una nación laica y basada en la ciencia, donde la razón triunfara sobre los dogmas y donde el Estado dejara de ser el sostén de una fe que, a su juicio, solo servía para frenar el progreso social.
Para Juan B. Justo, intelectual y político de fuste, el socialismo no era solo un programa económico y un conjunto de problemas sociales a resolver por medio de la lucha de clases. Tenía una concepción englobante, donde la cultura, en todos sus aspectos, era esencial para la emancipación de los trabajadores. Su lucha contra toda forma de enajenación y por la libertad integral, lo hace un imprescindible.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)






