Con su causticidad habitual Lisandro de la Torre llamaba a Juan B. Justo, que lo había criticado en un discurso, Lenin de la tarifa de avalúos. Más allá de la ironía del gran tribuno santafesino, había mucho de verdad en su aserto. El librecambio fue una bandera que el fundador del socialismo argentino defendió, a capa y espada, hasta el final de su vida.

Juan B. Justo imaginó un mundo donde las fronteras no fueran muros, sino puentes abiertos al horizonte. Para este político singular, el libre comercio no era una fría teoría financiera, sino una verdadera semilla de paz entre las naciones. Creía firmemente, que cuando los frutos del trabajo cruzan libremente los mares, se apagan los tambores de la guerra, una idea que compartía con pensadores clásicos como Juan Bautista Alberdi.

Para el pensador socialista, el proteccionismo económico era la peor forma de nacionalismo. Consideraba que los altos impuestos en las aduanas no eran un escudo protector para la patria, sino una trampa. Sentía con profunda convicción que las aduanas, alejan y aíslan a los pueblos. Para él, cerrar las puertas al mundo, solo servía para engordar las ganancias espurias de unos pocos empresarios privilegiados por el Estado, mientras que el pueblo llano, en su inmensa mayoría compuesto por trabajadores, terminaba pagando un precio injusto y opresivo.

No defendía la libertad comercial por amor a los grandes capitalistas o por un ideal abstracto, sino para mejorar la situación del pueblo. Él anhelaba que las industrias florecieran de manera sana y espontánea al calor del esfuerzo genuino, y despreciaba a aquellas empresas “incubadas y cebadas por la ley”, a la sombra de trabas y monopolios. Además, sostenía con firmeza que los países jóvenes y pequeños eran, precisamente, los que más necesitaban del comercio libre.

Afirmaba Justo: “Un partido librecambista debe congregar cuanto antes a los capitalistas de la industria local. Ella no pide protección del estado ni la necesita, pero no puede sufrir más tiempo si protesta, las leyes del proteccionismo”, y continuaba: “A la hora en que todos los trabajadores reclamen un buen salario, pago en buena moneda, y convertible en artículos de consumo sin normas de gabelas o impuestos, los capitalistas y propietarios tendrán también que buscar en la política medios de sostener sus industrias y rentas, que no sean la desvalorización del papel”.

Llevó este mensaje de hermandad incluso a los grandes congresos internacionales de su época, donde reprochó a sus propios compañeros socialistas su ceguera ante, lo que ingenuamente consideraba, los beneficios de la libertad de comercio. Les advertía, con cierto candor, que el militarismo y los afanes de conquista perderían toda su fuerza si, simplemente, se abrieran todos los mercados del mundo al libre tránsito. 

Era tal el convencimiento sobre las bondades del librecambio que en 1920, redacta el Programa de acción socialista internacional, para el Congreso Socialista celebrado en Bahía Blanca, donde afirma: “En el proyectado plan de acción porque, siendo fundamentales, han sido casi ignorados hasta ahora por los partidos socialistas. Reclutados éstos principalmente entre los obreros de las ciudades, han propendido a dejar subsistentes o aumentar los derechos de aduana sobre los productos agrícolas. ¿No nos decía Jaurès, en 1911, que el proteccionismo conviene al partido socialista? Y él, que tan elocuentemente había hablado en toda Europa por la paz internacional, ¡fue la primera gran víctima de la guerra desencadenada en Europa por la lucha de los proteccionismos!”. Su visión de lo positivo del librecambio abrevaba en Adam Smith, en David Ricardo, y en el Discurso sobre el librecambio, de Carlos Marx, de 1846. Hasta aquí lo esencial del pensamiento de Juan B. Justo, sobre la cuestión del librecambio.

El fundador del Partido Socialista Argentino, no conoció, indudablemente, la rectificación y refutación del fundador del socialismo científico a su ingenua creencia de que librecambio era beneficioso para una economía periférica y dependiente. En carta a Federico Engels, el 30/11/1867, dice Carlos Marx: “Lo que los irlandeses necesitan es:1) Gobierno autónomo e independiente de Inglaterra.2) Revolución agraria.3) Aranceles proteccionistas frente a Inglaterra. Entre 1783 y 1801 prosperaron todas las ramas de la industria irlandesa. La unión, con la supresión de los aranceles proteccionistas que había establecido el parlamento inglés destruyó toda la vida industrial en Irlanda”.

Justo pensaba, como casi todo el Partido Socialista, que el proteccionismo económico encarecía el nivel de vida de los trabajadores, lo que era parcialmente cierto, pero sin considerar otras consecuencias muy graves para la estructura económica dependiente  de la Argentina. Estaba tan convencido de las ventajas del librecambio que se oponía, incluso, a la fabricación de adoquines en el país. Alfredo Palacios, Esteban Jiménez, Nicolás Repetto, etc., eran de la misma idea por aquella época.

Solo Manuel Ugarte, dentro del Partido Socialista, y posteriormente, el periodista José Luis Pena, en su obra Patrón Oro y Librecambio, de 1936, defenderán una postura proteccionista en materia económica. El mártir del socialismo Jean Jaurès, que conocía el valor de la protección industrial para el desarrollo de las fuerzas productivas, por su experiencia francesa, era muy crítico del librecambio. Justo, como hemos visto, afirmaba que su defensa del proteccionismo fue la causa de su asesinato, sin ver con claridad que la cuestión fundamental era el fanatismo imperialista. 

Tampoco percibió, a pesar de su agudeza, la nueva naturaleza del capitalismo, que fue la configuración imperialista. La obras, Estudio del Imperialismo, de John Hobson; La economía mundial y el imperialismo, de Nikolai Bujarin; El Capital Financiero, de Rudolf Hilferding; La Acumulación del Capital, de Rosa Luxemburgo; y El Imperialismo, fase superior del Capitalismo, de Lenin, les fueron indiferentes o irrelevantes. Este último explica que a partir de 1880, el viejo capitalismo exportador de mercancías, se convirtió en capitalismo monopolista exportador de capitales, fuente del colonialismo y del militarismo.

En nuestro país, en la primera parte del siglo XIX, con mayor claridad conceptual, el gobernador correntino Pedro Ferré, abogaba, en su maravillosa obra Cuestiones Nacionales, por la defensa de nuestras incipientes industrias: “Siendo indudablemente que la industria de las naciones ha llegado a su última perfección, la concurrencia de todos sus productos, obra siempre a destruir o inutilizar en cada día y en cada momento todas las tentativas nacionales; matando, digámoslo así, la industria nacional, por cuanto la desnuda del estímulo del interés que la debe desarrollar lenta y progresivamente”.

Juan B. Justo, tan clarividente en tantas otras cosas, no percibió en su visita a los Estados Unidos en 1895, que una de las fuentes de su portentoso desarrollo fue el proteccionismo económico desde Alexander Hamilton a Abraham Lincoln. En un libro que es una documentada crítica al hombre más relevante de la historia de los EE.UU., El verdadero Lincoln, el economista Thomas J. Dilorenzo, plantea que ese Estadista, fue un defensor del proteccionismo económico, de la creación de un mercado interno autocentrado, y hasta de un ¡sistema bancario nacionalizado!

En 1897, Ulysses Grant, decimo octavo presidente de los Estados Unidos, dirá en un congreso librecambista en Gran Bretaña: “Señores, durante siglos, Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado a sus extremos y le ha dado resultados satisfactorios. No hay duda de que a ese sistema debe su actual poderío. Después de esos dos siglos Inglaterra ha creído conveniente adoptar el libre cambio por considerar que la protección ya no puede dar nada. Pues bien señores, mi conocimiento de mi patria me hace creer que dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector todo cuanto este pueda darle, adoptará definitivamente el librecambio”.

El desarrollo desigual y combinado de nuestro país con una Pampa Húmeda muy productiva e insertada en el mercado mundial, no le permitió comprender con claridad la necesidad de una economía industrial creadora de lo que Marx denomina como la rama I, productora de medios de producción. La Renta Diferencial de la Tierra, ocultaba el atraso general del resto de la economía del país

El economista sur-coreano Ha-Joon Chang ha demostrado de manera convincente, la conveniencia del proteccionismo económico para los países periféricos, y como las grandes potencias lo han utilizado en su beneficio. Los países imperialistas abogan por el librecambio, pero cuando sus intereses son perjudicados, lo usan descaradamente, como actualmente lo hace Donald Trump. Vemos, en sentido contrario, como la política aperturista de Javier Milei, está destruyendo el entramado productivo y social argentino.

La concepción librecambista de Juan B. Justo, a pesar de las intenciones atendibles en la defensa del consumo proletario, era incorrecta. La libertad de comercio solo es efectiva cuando se realiza entre países del mismo desarrollo económico. Hijo de su época, no vio con claridad el torbellino que se avecinaba con el crack económico global de 1929. Fallecido un año antes, al ver la catástrofe del capitalismo imperialista, como hombre de ciencia y comprometido militante, es probable que hubiese cambiado radicalmente de opinión. 

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

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