Para Juan B. Justo, la democracia obrera era el amanecer de una nueva esperanza para los trabajadores, una visión que va mucho más allá de simplemente ir a votar. El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como definió la democracia, Abraham Lincoln, solo podía ser posible en el Socialismo. En su alocución  en el Congreso Socialista de 1910, realizado en Copenhague, expresó: “Comprendemos el socialismo como el método de acción histórica que eleva al pueblo trabajador, sobre todo por el esfuerzo del pueblo trabajador mismo, método capaz de adaptarse a condiciones cualesquiera”.

La democracia obrera significa, antes que nada, la organización metódica y valiente de los trabajadores. El pueblo, que hasta entonces solo conocía la fatiga de las jornadas largas y el dolor de los hospitales, descubre de pronto que lleva en sí mismo una gran fuerza transformadora. Esa fuerza no debe desperdiciarse en estallidos inútiles, sino canalizarse a través de un movimiento orgánico de tres pilares: el sindicato para defender el salario en la lucha diaria, la cooperativa para que el obrero aprenda a administrar la riqueza sin amos, y el partido político para cambiar las leyes de la nación.

El penúltimo de los trece capítulos de su obra más importante, Teoría y Práctica de la Historia, de 1909, titulado La democracia obrera, resume su pensamiento sobre el tema. Juan B. Justo reflejaba en su concepción, el pensamiento predominante sobre la cuestión  en el socialismo internacional de su época. A partir de la crítica de Karl Kautsky a la Revolución Rusa plasmada en su folleto La dictadura del proletariado, y la posterior respuesta de Lenin, se abrirá una nueva etapa en cuanto a la discusión sobre el concepto de la democracia obrera.

A diferencia de la democracia burguesa, que derribó a los reyes y las prerrogativas feudales, pero coronó al capital y a la propiedad privada como derechos intocables y eternos, la nueva democracia obrera denuncia esa acumulación de riqueza como una fuente de opresión. Plantea el fundador del Partido Socialista: “Congregase, pues, los trabajadores en la democracia obrera, distinta de la democracia burguesa, que, al proclamar los derechos del hombre sobre las ruinas del castillo, del trono, y del altar, afirmó como un derecho absoluto y eterno el derecho capitalista de la propiedad. La nueva democracia lo denuncia como fuente de privilegio y de opresión, quiere también para el taller, para la tienda y para el campo, el régimen constitucional”.

 La verdadera democracia es el uso inteligente del sufragio universal. El obrero es invitado a dejar de ser un testigo silencioso, para ir a las urnas y convertir su voto en un arma pacífica. Juan B. Justo rechazaba la política del fraude, manejada por una oligarquía que solo buscaba proteger sus estancias y sus privilegios. La clase trabajadora estaba llamada a dar el ejemplo, llevando al gobierno a sus propios representantes para que la política deje de ser un juego oscuro, y se convierta en una ciencia al servicio del bienestar común.

La democracia obrera no quiere que los derechos del hombre existan solo en los papeles del gobierno; exige que el régimen constitucional, sea una expresión de la sociedad civil. Su meta es que las fábricas y las obras públicas ofrezcan condiciones ejemplares y dignas para todo aquel que trabaja con sus manos. 

Afirma en el capítulo La democracia obrera: “Los partidos obreros tienen una doctrina común, cuyos grandes rasgos son los siguientes: Organización internacional del proletariado en partido de clase para la conquista del poder político y la socialización de los medios de producción”.                                                                           

Para este nuevo mundo, no hay arma más noble ni función estatal más sagrada que la Educación Pública. Entiende nuestro biografiado, que la técnica y la economía cambian constantemente, y solo a través de la instrucción el trabajador puede prepararse, elevar su mente y ser verdaderamente libre frente a la máquina y al patrón.

Esta nueva democracia busca aliviar los hombros del pueblo. Por eso, se negaba a aceptar los impuestos indirectos -aquellos que encarecían el pan, el abrigo y el consumo diario- con los que el Estado burgués asfixiaba, y abrumaba al trabajador. En su lugar, levantaba la voz contra los monopolios y los grandes latifundios, exigiendo impuestos progresivos sobre la tierra para que esta deje de ser un privilegio estéril.

Al mismo tiempo que rechazaba los impuestos injustos, le exigía al Estado que construyera instrumentos de protección social. Pedía e impulsaba la creación de instituciones públicas dedicadas a la asistencia, los seguros contra la desocupación y los accidentes, la higiene y la salud pública.

El sueño de la política obrera es abandonar los tiempos oscuros de la obediencia ciega y el garrote. Su anhelo más profundo es forjar una sociedad de hombres que quieran vivir libremente. Busca que las leyes no se impongan por la fuerza, sino que nazcan del entendimiento común, para que el ser humano trabaje y conviva unido por los lazos luminosos de la cooperación voluntaria y la solidaridad.

En 1911, llegó el gran socialista francés Jean Jaurès a la Argentina. Su visita parece ser motivada, esencialmente, para la refutación de la tesis de Enrico Ferri sobre la imposibilidad del socialismo en la Argentina, y da una serie de conferencias entre septiembre y octubre de ese año. En la línea de Juan B. Justo, agrega interesantes aportes para entender la concepción socialista de la democracia.  La democracia, para él, no es simplemente un sistema de leyes o una palabra escrita en un documento frío, se expresa como un cuerpo vivo que tiene que ser despertado por la lucha de clases.

La clase obrera es el nervio de la democracia. Así como el nervio es el impulso que da movimiento y sensibilidad al cuerpo, son los trabajadores quienes le han inyectado vida a esas ideas de papel, obligándolas a convertirse en una realidad palpable y eficaz. Gracias a la lucha incansable de los asalariados, la democracia dejó de ser un club privado para intentar abrazar a todos a través del sufragio universal, alcanzando así su verdadera fuerza y extensión.

Esta democracia necesita un corazón que lata con fuerza para no morir de apatía. Los trabajadores le prestan un segundo gran servicio: sacuden el espíritu público y obligan a la democracia a mantenerse despierta, organizándose en grupos y partidos impulsados por ideas. Fue un gran aporte al socialismo argentino la visita, en 1911, de uno de los mártires de la clase obrera.

En este momento histórico, con el gobierno de los Estados Unidos en manos de un desembozado imperialista, y gobiernos reaccionarios como el del pinochetista José Antonio Kast en Chile, o el de Javier Milei, la noción de Democracia Obrera de Juan B. Justo, vuelve a tener una enorme relevancia para poder vislumbrar con esperanza, un mundo donde la Justicia Social impere definitivamente

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)

Abrir mas artículos relacionados
Abrir mas en  Historia
Comments are closed.

Ver tambien

El Centro de Jubilados de Barrio Fredriksson entregó $2 millones y presentó su nueva rifa anual

Mónica, la flamante ganadora del premio millonario, destinará el premio a la carrera de Me…