El billete lustroso, hecho un rollito, se ahogaba en mi puño derecho. Había exigido ser quien lo entregaría a la persona que nos acompañara hasta la ubicación elegida, en la sala del único cine del pueblo. «Le faltan pocos habitantes para pasar a convertirse en ciudad», pronosticaba mi tío Henry, elegido como presidente de la comuna meses atrás. Sentada entremedio …






