María se quitó el delantal percudido que le colgaba de la cintura luego de desanudar el lazo con dificultad. Sus manos estaban forjadas por la tarefa que las reclamaba como propias cada temporada de cosecha manual de yerba mate. Las horas de descanso eran siempre escasas.

El camión llegó al atardecer, rugiendo como un león herido. El vozarrón del capataz de la cuadrilla se desparramó por el lugar e inmediatamente el barrio San Miguel parecía un hormiguero pateado. Los hombres trajinaban con lonas, colchones, herramientas; las mujeres trataban de contener a los más pequeños que gritaban desorientados. María juntó a su prole rápidamente. Con ella iban sus tres hijos: una nena de tres años, por no tener con quien dejarla en su ausencia, y los dos mayores, de doce y dieciséis, como mano de obra necesaria para colaborar con el pan de la casa. Hubiese deseado otro porvenir para ellos, no quería entregárselos al yerbal pero después de la muerte de José, su compañero en la vida desde la adolescencia, las necesidades le arrebataron el sueño de un futuro mejor.

A pesar de que ya atardecía, el calor aún colgaba espesas perlas de sudor en la frente de muchos. La bestia terminó de engullir a los más rezagados y comenzó la marcha hacia el oro verde. María se aferró al cuerpito de su pequeña y, como lo hacía siempre, rezó una plegaria al Gauchito Gil.

El yerbal los recibió con un abrazo denso en total oscuridad. Bajaron rápido del acoplado del camión, impulsados por las órdenes del capataz. El trajinar del viaje había adormecido a la niña y, cuando su madre intentó despegarla de sus brazos, comenzó a lloriquear como señal de protesta.

Empezaron a buscar dónde armar el campamento que se convertiría en im provisado hogar durante el tiempo que llevase la tarefa, tarea nada sencilla

entre tanta lobreguez en medio de un monte desmesurado. Los machetes cortaron el aire nocturno junto con las malezas más altas.

Cuando el capataz señaló una vertiente cercana, María volvió al campamento pero sus hijos más grandes acarrearon baldes, mientras ella hundía sus manos en la masa untuosa de harina, aceite y agua que más tarde se convertirá en reviro para compartir entre todos. La niña ya más calmada junto a su madre, jugaba absorta con piedras y palitos.

Después de llenar el estómago y tomar algunas bebidas para acompañar la comida y mitigar el calor, la modorra sobrevino bajo el gran toldo anunciando el descanso reparador. Todo lo reparador que puede llegar a ser un montículo de trapos sobre el piso húmedo. El sueño de María era inquieto, entrecortado, quizás por el efecto del bochornoso clima de Misiones que aún se hacía presente en las noches de marzo. Movía las piernas enredándose en los harapos y cambiaba seguido de posición, cuando un sonido, que le resultaba familiar, la estremeció. Los pasos del capataz se alejaban con el peso del sueño.

Instintivamente buscó a tientas en la oscuridad a su pequeña. El revuelo de trapos profundizo su angustia. La halló en un rincón de la carpa, las rodillas clavadas en la tierra, los ojos velados por las lágrimas. Temblorosa la envolvió en un abrazo que intentaba ser más un consuelo para ella misma que para su hija. La puso consigo en su montículo y la acunó toda la noche.

El despertar fue lento. Cobijar a su hija la llenaba de alivio, hasta que percibió la rigidez de su cuerpo.

En “Manos a la obra”. Antología 2021. Escritores firmatenses

Por Vanesa Tejada Costa
(Escritora)

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