En estos últimos días, noté casi obsesivo en mis grupos de WhatsApp y charlas en general: Estamos inundados de discusiones apasionadas y extraordinariamente informadas sobre fútbol. Leí a amigos y conocidos debatir con precisión sobre si estuvo bien o mal darle el título a Rosario Central, desglosando con una claridad envidiable cómo están estructurados los torneos y las copas de la Liga. Hay indig nación general y hay defensa acérrima.

Hasta ahí, podría parecer simplemente la pasión futbolera. Pero lo que es curioso no es el ruido de esas discusiones, sino el silencio que hay, en esas mismas charlas, sobre otros temas.

No escuché a casi nadie, ni en los grupos de amigos ni en las charlas casuales, mostrar ni una fracción de esa indignación por el bochorno que vivimos hace pocos días en la Cámara de Diputados de la Nación. Para quien no se enteró, en el recinto donde se deberían debatir las leyes que definen nuestro futuro, se llevó a cabo un acto antivacunas que rozó el delirio. En el marco de una reunión informativa, se permitió la exposición de discursos carentes de toda evidencia científica, culminando con la imagen grotesca de un hombre con el torso desnudo intentando demostrar que las vacunas lo habían dejado imantado. Vimos a un sujeto pegándose cucharas al cuerpo en el Congreso de la Nación.

Pensemos en el contraste:

Por un lado, gastamos nuestra energía mental analizando la injusticia de un formato de torneo de fútbol. Nos ponemos serios, nos enojamos, buscamos datos, confrontamos fuentes.

Por otro lado, cuando se intenta vulnerar la salud pública (nada menos que algo tan básico y tan extremadamente probado como es vacunarse), miramos para otro lado. O peor aún, lo tomamos como una curiosidad pasajera que no merece nuestro tiempo ni nuestra indignación.

No estoy proponiendo un mundo aburrido y solemne. No estoy diciendo que no debamos disfrutar del fútbol, ni que esté mal apasionarse por la camiseta. El problema no es que hablemos de fútbol. El problema es que hablamos demasiado en serio de cosas irrelevantes, y demasiado livianamente de las cosas importantes.

Tenemos una cantidad limitada de tiempo y energía al día. Si invertimos nuestra capacidad de análisis crítico en entender los caprichos de la AFA, nos quedamos sin combustible para cuestionar por qué nuestros legisladores le abren la puerta a una pseudociencia.

Hace rato que está naturalizado que la organización de un campeonato de fútbol merece un debate nacional. Pero en realidad, la relevancia de una noticia radica en gran parte en cuánto afecta tu vida y a cuánta gente lo hace. Que Central sea o no campeón, seamos sinceros, no nos va a cambiar en nada. Que se instale la idea de que las vacunas causan autismo o imantación, nos modifica notablemente nuestras vidas, porque si -como quisieron hacer con el bochornoso acto en Diputados- se deja de vacunar a la gente, estaremos mucho más propensos a contraer enfermedades.

Necesitamos empezar a instalar discusiones sobre cosas que valgan la pe-na. Nosotros decidimos qué tema domina la cena familiar. Nosotros decidimos qué noticia compartimos y cuál ignoramos. Nosotros decidimos dónde ponemos el foco.

Por Bernardo Bazet Lyonnet
(Lic. en Biotecnología)

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