Para Juan Bautista Justo, la política no era un juego de azar ni un pasatiempo de héroes, sino una herramienta vital que el pueblo trabajador debía empuñar para dejar de ser el juguete de la clase dominante, y convertirse en artífice de su propio destino. Su visión de la política estaba anclada en la realidad de cómo los hombres viven, comen y trabajan.
Era un animal político, que contenía detrás de cierta frialdad a un volcán de militancia y compromiso. Toda su obra está impregnada de un profundo sentido social, donde resaltan en la materia, dos de sus trabajos: su conferencia Teoría científica de la Historia y la Política Argentina, de 1898, y su libro Teoría y Práctica de la Historia, de 1909. El Partido Socialista Argentino fue fundado y conducido a su imagen y semejanza.

Enrique Dickmann en su artículo El pensamiento vivo de Juan B. Justo, expresa con acierto: “Justo fue el primero que, en la Argentina, formuló un programa político de las reivindicaciones económicas y sociales de la clase obrera asalariada de la ciudad y del campo; programa que, hasta ahora, no fue superado por nadie, pues en él están sintetizadas todas las grandes reformas del proletariado moderno; desde la limitación de la jornada de trabajo, hasta el salario mínimo; desde el reconocimiento de los sindicatos obreros libres hasta el seguro social; desde la protección del trabajo de las mujeres y niños, hasta la dignificación total del trabajo, declarando que la fuerza humana del trabajo no es una mercancía”.
Comparemos el ideario justista desarrollado por uno de sus principales discípulos en un artículo aparecido en el Anuario Socialista de 1948, con la media sanción por parte del Senado Nacional de una ley que nos retrotrae en materia de derechos al siglo diecinueve. ¡Cuánto hemos retrocedido en materia social y política!

La política es, según su visión, la estructura que los hombres levantan sobre la base biológica de la lucha por la existencia. Así como el cuerpo busca alimento, la sociedad busca organizarse. La política es, en el fondo, la forma en que se ejerce la fuerza y la coerción para obligar a los hombres a cooperar, la mayoría de las veces en beneficio de quienes se han apropiado del suelo y de las máquinas.
En el capítulo sobre La Política, de su obra más importante, Teoría y Práctica de la Historia, afirma: “Relaciones políticas son esas relaciones de coerción, y la actividad política es el ejercicio de esa coerción legal sobre otros hombres que deben someterse a ella”. El gobierno del Estado moderno no es más que una Junta que administra los negocios comunes de toda la burguesía, nos asevera el inmarcesible Manifiesto Comunista.

Aunque reconocía que la historia ha sido una sucesión de luchas sangrientas entre las clases sociales -esclavos contra amos, siervos contra señores feudales, observaba en la política moderna un camino superador. Para él, el sufragio universal era un arma más poderosa y civilizada que el fusil. El voto permitía que la lucha por la vida dejara de ser un combate brutal y se transformara en una disputa inteligente. Al dar el poder a la mayoría, el voto “quitaba el fusil” a los que sufren, y les ofrecía una vía para imponer la justicia sin necesidad de barricadas. El Prólogo de Federico Engels, en 1895, a La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850, de Carlos Marx, donde destaca el sufragio universal y la lucha legal como una importante herramienta de transformación, influyó sobre esta perspectiva en el fundador del Partido Socialista Argentino.
Aunque entendemos sus motivaciones, la experiencia histórica concreta, como fue el caso del camino chileno al socialismo, y otras experiencias, como el golpe de Estado de 1976 en la Argentina, no nos permiten ser tan optimistas como Juan B. Justo. La polémica entre Lenin y Karl Kautsky, sigue siendo muy importante para reflexionar sobre este importante tópico político, que nos hace ser consciente de las limitaciones de la democracia burguesa para cualquier proyecto emancipador.
Mi compañero de militancia Emilio J. Corbière, fallecido hace ya muchos años, sostenía que una de las limitaciones de la perspectiva de Juan B. Justo era que no tuvo una política realista para el acceso al Poder. El primer traductor de El Capital al español, y con él, el incipiente Partido Socialista, percibía a la Pampa Húmeda como la totalidad del país. Esta perspectiva le impidió comprender la compleja realidad latinoamericana. Al socialismo argentino, tan bien abastecido de teoría, le costó entroncar con las tradiciones federales de lucha que tuvo en el naciente Radicalismo a su expresión más palmaria. De ahí la evidente impotencia histórica en cuanto a la hegemonía y manejo del Estado.

Nos enseña, como buen socialista, que la propiedad privada no es un mandato divino ni una ley natural inmutable; es una institución política, una creación de las leyes humanas. Y como tal, si las leyes cambiaban porque el pueblo conquistaba el poder político, la forma de la propiedad también podía cambiar para servir al bienestar de todos, y no solo de unos pocos. Esta perspectiva de la posesión, lo aleja de la concepción libidinal de la propiedad privada de Javier Milei y adláteres.
El éxito de la política- afirma en su notable Conferencia de 1898- no se mide por el honor nacional o el heroísmo, sino por algo mucho más humano y concreto. “Yo diría que el coeficiente del progreso histórico, en su carácter complejo de progreso económico y político, material e intelectual es el mejoramiento mensurable de la situación de la clase trabajadora”. Su sueño político se cuantifica en estadísticas: aumento de salarios, niños en las escuelas, gente en las bibliotecas, mejor alimentación y menor mortalidad. Si el pueblo vive mejor, todo lo demás -el orden, la moral, etc.- vendrá por añadidura.
La vigente concepción política de Juan B. Justo aspira a superar la etapa donde unos hombres obligan a otros a trabajar por medio de la cooperación forzada, vía salario. Su sueño es llegar a la cooperación libre, donde los trabajadores, dueños de su destino, se asocien voluntariamente. En ese futuro, la política habrá servido para que la ciencia y el arte dejen de ser lujos de la clase dominante, y se conviertan en un patrimonio común, llenando el mundo de justicia y belleza.

Por Gustavo Battistoni
(Historiador y escritor firmatense)






